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Los decanos accidentales olvidados del ICAM

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José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

Casi estoy por afirmar que, si preguntáramos a un puñado de colegiados del ICAM por los nombres de cinco abogados que hayan sido decanos de la institución, es muy posible que pocos sepan contestar.  No me extrañaría nada que alguno de ellos es muy posible que ni siquiera sepa el nombre del actual regidor de la institución. Y créaseme, lo que digo no es ninguna exageración.

Esto que digo puede llegar a ser comprensible y, sin embargo, casi todos los que han ocupado el decanato desde mediados del siglo XIX son o han sido muy conocidos: presidentes del Gobierno, de las Cortes, ministros… No hay más que dar una vuelta por el Colegio y ver la galería de retratos de los decanos y veremos figuras insignes, auténticos Padres de la Patria y, hasta ahora, una sola Madre.

Es un lugar común afirmar que la revolución en el mundo colegial -no solo de la abogacía- empezó a partir del decanato de Manuel Cortina Arenzana, quien lo ejerció desde su nombramiento en 1847 hasta su fallecimiento en 1878. Tengo leído que, ya muy enfermo y postrado en la cama, suplicaba a sus compañeros que, por favor, no le reeligieran más, pero ni por esas le obedecían. Aunque en eso yo pienso hemos cambiado bien poco en los últimos ciento cincuenta años: y si no, que se lo pregunten a cualquiera de nuestros últimos decanos y veremos, si son sinceros, qué contestan.

Téngase en cuenta que, desde la fundación del Colegio en 1596, en que fue nombrado decano el doctor Ascensio López, hasta 1886, año en que Manuel Silvela resultó elegido por un periodo de tres años, los decanos se iban sucediendo anualmente con muy pequeñas excepciones de reelección. Vamos, que el cargo se ejercía solo durante un año, como si de un cónsul de la República romana se tratase. Seguro que a más de un lector le sorprenderá esto y también más de uno pensará que tal disposición obedecería al grado de hartazgo que tenía que padecer el decano que seguro estaba deseando llegara el siguiente para sucederle.

Una de estas excepciones es, precisamente, la del antecesor de Manuel Cortina en el cargo -y del que nadie se acuerda-, Juan Manuel González Acevedo, natural de Alange (Badajoz) y con una biografía bien interesante. Pero claro, llegó Cortina y, haciendo honor a su apellido y gracias a su ingente labor, todo lo anterior a él quedó opacado y cubierto por un tupido velo.

González Acevedo fue reelegido decano cuatro veces, lo que era considerado un récord, hasta que llegó el sevillano y lo fue treinta y una veces seguidas. Viene a ser como cuando un club de futbol se siente orgulloso de haber ganado x Champions y claro, hay otro que le dice, mira muy bien, me alegro paro yo tengo ganadas el doble o el triple que tú, exactamente quince. El que se atreva a pensar por mis colores futbolísticos, que no se preocupe, ha acertado de pleno.

Pero no va de eso este artículo, de decanos reelegidos, sino justamente de lo contrario. Yo de los que quiero escribir, aunque solo sean unas líneas, es de algunos pocos decanos, mucho más recientes en el tiempo y que, por las circunstancias que fuera, se vieron en el honor o la tesitura -vaya usted a saber- de tener que ponerse las puñetas de decano en la toga. Los otros, toda esa sucesión anual de decanos, que están debidamente censados con fecha de posesión -gracias a la tarea del abogado y oficial mayor del colegio, José María Solís y Montoro-, son en su inmensa mayoría absolutamente desconocidos y, seguramente, así seguirán por los siglos de los siglos.

Así que me ceñiré a los casos que, por fallecimiento del titular, presión política o cualquier otro motivo, ocuparon su lugar en la relación oficial de decanos del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, siquiera fuese por poco tiempo en el proceloso siglo XX.

En realidad, como digo, no son muchos los seleccionados.

Martín Rosales Martel

Martín Rosales Martel

Rosales Martel sustituyó interinamente a Luis Díaz Cobeña, insigne civilista fallecido en junio de 1913 a causa del disgusto recibido por un tesorero felón que dejó en quiebra el Colegio y sobre lo cual ya he escrito.

Martín Rosales Martel, a la sazón duque de Almodóvar del Campo, político liberal, fue numerosas veces diputado en Cortes. Ejerció como alcalde de Madrid, compaginando ese cargo con el de decano durante algo más de un mes, hasta que resultó elegido decano su jefe en el Partido, Manuel García Prieto quien ejerció a la vez de decano y de presidente del gobierno de la nación -pues hasta tal punto era casi tan importante el decanato del Colegio como la presidencia del Gobierno-, pero claro está, eran otros tiempos.

Rosales, como he dicho, era de la cuerda política de García Prieto, así que fue ministro de Fomento y luego de Gobernación bajo su gobierno.

Más importante fue su paso por la alcaldía de Madrid, donde alcanzó tres hitos dignos de mención: creó la Hemeroteca Municipal, prohibió que circularan por la ciudad carros de solamente dos ruedas, tirados por tres o cuatro mulas -se conoce que de más ruedas y menos mulas sí se podía- y, ya puestos a prohibir, lo hizo también con la venta callejera de castañas. Lo que no he podido aclarar en mi investigación es si la prohibición se refería a castañas asadas o crudas, ya que con seguridad la castaña marrón glasé era una moda extranjera traída de Francia, a la que los madrileños eran ajenos en aquellos tiempos.

Melquiades Enrique Picó

Melquiades Enrique Picó y Martínez

No siempre se era decano por fallecimiento del titular. En algunos supuestos, el motivo del nombramiento de un interino estaba basado en la destitución o renuncia del que ocupaba tan alta posición y de toda su Junta, mientras se nombraba otra. Esto es lo que sucedió en 1923 cuando el decano Bergamín, que escasamente llevaba un año en el ejercicio, renunció por el golpe de Estado del general Primo de Rivera y fue sustituido interinamente, durante escasamente un mes -entre el 5 de junio y el 4 de julio de 1924- por Melquiades Enrique Picó y Martínez, político liberal de origen cántabro, senador por la provincia de Santander en las legislaturas que mediaron entre 1910 y 1917.

Más tarde ejerció como tesorero, en una Junta de edad con motivo de la dimisión de Ossorio y Gallardo.

Entre la sonada dimisión de Ossorio y la totalidad de su Junta y la elección de Melquiades Álvarez en enero de 1932, se nombró una Junta de edad presidida como decano por Luis Miller Badillo, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y del que poca información he podido obtener.

José María Gutiérrez

José María Gutiérrez Ballesteros

Daremos un pequeño salto temporal dejando de lado la Guerra Civil y nos vamos al año 1959, en que triunfó una moción de censura y el decano Escobedo y su junta dimitieron. Es entonces nombrado decano accidental José María Gutiérrez Ballesteros.

No sería la primera vez; en 1964 vuelve a serlo, cuando cesó de decano Fausto Vicente Gella. Antes de que fuera nombrado José Luis del Valle, regresó Gutiérrez Ballesteros, quien era de esas personas que preferían ser llamados por el título nobiliario -en su caso, conde de Colombí- que por sus apellidos, aunque en verdad fuese conde solamente por razón de matrimonio con una auténtica aristócrata. Vamos que al señor conde consorte no le gustaba mucho aparentar. Realmente, hoy es más recordado como bibliófilo taurino que como jurista.

Basilio Edo Monzonís

Basilio Edo Monzonís

A veces ser decano interino se convirtió en una especie de maldición y lo que en teoría iban a ser unas pocas semanas, se transformó casi en todo un mandato.

Eso es lo que le sucedió al bueno de Basilio Edo Monzonís, quien, nacido en 1881 e incorporado al Colegio en 1904, encabezó como decano una Junta de edad -yo diría que de mucha edad- a raíz de la dimisión de José Luis del Valle, producida en junio de 1972.

Hasta enero de 1974 ejerció como decano en un año y medio trepidante, lleno de juntas generales ordinarias y extraordinarias, suspensiones, manifiestos y todo el trajín político social derivado de los últimos momentos de la vida del general Franco y la inminencia de la que luego sería la llamada Transición. Una parte de este periodo y en tan alta magistratura, le tocó vivir y pasar -yo diría que con nota- al nonagenario decano Edo Monzonís.

Pedro Crespo de Lara ocupó provisionalmente el decanato en el periodo que va desde el fallecimiento de Pedrol hasta la elección de Luis Martí en 1992. En su persona se funden el jurista, el poeta y el abogado; pero, sobre todas estas cuestiones, destacan otras dos: su amor a su tierra cántabra y a su Colegio de Madrid.

Nos quedarían otros cuatro personajes a los que se puede declarar como “decanos olvidados”. Sin embargo, a tres de ellos, yo creo que procede negarles la mayor, es decir el hecho de ser decanos con todas las consecuencias, buenas y malas.

En el caso de Francisco López de Goicoechea, este se hizo cargo del Colegio a punta de pistola cuando lo incautó en 1936 y, por así decirlo, se autonombró decano, de forma que encabezó lo que se denominó “Junta incautadora” y no de gobierno.

Lo mismo se podría decir de Adolfo Serra Valentín, quien en marzo de 1939 se hace cargo del Colegio como decano, al hacer la incautación en nombre de los “nacionales”.

El tercero sería Feliciano López y López de Uribe, presidente de la comisión ejecutiva del Colegio de Abogados de Madrid – sin el ilustre- que ejerció en la práctica de Junta de gobierno y del que me tocará hablar.

Finalmente, no puede faltar José Puig d’Asprer, designado decano en 1937 por el Gobierno de la República; presidente de la Liga de los Derechos del Hombre, quien intentó, apoyado por sus compañeros, llevar un poco de coherencia y ayuda en aquel período tan horrible. Murió en 1938. En mi modesta opinión, él sí fue y ejerció de decano con todas las facultades y, por lo tanto, debería ocupar su puesto, por así decirlo, en el escalafón. Escribiré sobre Puig d’Asprer, comparándolo con Feliciano López, es muy posible que me anime y lo haga. Queda mucha tela que cortar y mostrar de ambos juristas.

Y aquí termina este artículo, modesto y sencillo, con el que he querido mostrar y, en algún caso, rescatar del olvido a una serie de compañeros que, en algún momento de su vida, se vieron en la tesitura o el compromiso de tener que ponerle puñetas a su toga y ostentar durante un corto periodo de tiempo la más alta representación del mayor colegio de España y de Europa, de la que yo creo es la más bonita de las profesiones.

Acompaña a este texto una fotografía de cuatro de los “decanos olvidados” del ICAM.

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Artículo de Redacción publicado en https://www.lawyerpress.com/2026/09/01/los-decanos-accidentales-olvidados-del-icam/