La vida busca condiciones idóneas para prosperar.
Las golondrinas ya han levantado el vuelo.
Cada primavera espero su regreso. Primero hubo un nido en mi casa; ahora hay tres. Un buen amigo me dice que vuelven porque saben que aquí estarán bien. Me gusta pensarlo así.
Llegan al sur de España al final del invierno. Aquí encuentran alimento, refugio y condiciones favorables para criar. Cuando agosto declina, emprenden de nuevo el viaje hacia África. No conocen nuestras fronteras. Su geografía responde al clima, a los recursos, a las distancias y a esa primitiva necesidad de encontrar condiciones adecuadas para la vida.
La biogeografía intenta responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué la vida está dónde está?
Sabemos que su distribución no es azarosa. El espacio importa. También la disponibilidad de recursos. Y cuando distintos organismos dependen de un mismo recurso limitado, puede surgir la competencia. Ocurre dentro de las especies del reino animal y también entre ellas.
Las sociedades humanas conocen igualmente las tensiones que aparecen cuando necesidades diferentes convergen al mismo tiempo sobre un mismo territorio y sus recursos. Pero ahí termina la analogía. Nosotros poseemos algo extraordinario: la capacidad de cooperar, establecer reglas, reconocer derechos y convertir la coexistencia en convivencia.
Quizá esa sea una de las expresiones más altas de nuestra humanidad.
Mi buen amigo, el biogeógrafo Thomas Gillespie, llevó esta ciencia a un territorio insólito cuando, junto con su equipo, aplicó principios biogeográficos y datos de teledetección para delimitar el área exacta en la que podía encontrarse Osama bin Laden, cuando el mundo occidental lo buscaba. Más allá de lo singular del caso, permanece una idea: incluso las decisiones humanas más complejas suceden en algún lugar. El territorio condiciona; no determina.
También condiciona nuestro bienestar.
La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio lo vinculó con cinco dimensiones esenciales: las condiciones materiales para una vida digna, la salud, la seguridad, las buenas relaciones sociales y la libertad de elección y acción. Cinco dimensiones para aproximarnos a una aspiración tan necesaria como universal: la posibilidad de construir una buena vida.
Quizá por eso, estos días, mientras los nidos quedan vacíos, pienso en las migraciones humanas.
En los mapas, Europa y África están separadas por una línea. En la experiencia humana, esa línea puede contener distancias mucho mayores: entre la inseguridad y la protección; entre la ausencia de horizontes y la posibilidad de elegir; entre el lugar que se abandona y aquel en el que todavía se imagina un futuro.
Las migraciones humanas son demasiado complejas para encerrarlas en una metáfora. No somos golondrinas. Las personas migran por conflictos y persecuciones, por razones económicas, familiares o ambientales; por necesidad, aspiración, miedo o falta de libertad y esperanza. Cada desplazamiento contiene una historia que ninguna teoría ecológica puede explicar por sí sola.
Pero la geografía nos permite formular una pregunta anterior: ¿qué hace que un territorio permita una buena vida?
Y otra, quizá más difícil: ¿qué sucede cuando distintas necesidades y aspiraciones convergen sobre un mismo territorio y unos recursos que no son infinitos?
Entonces la geografía se convierte en política.
Porque los límites existen. En los ecosistemas y en las sociedades. La diferencia está en qué hacemos con ellos. Podemos convertir la escasez en competencia o construir mecanismos para compartir, cooperar y convivir. Podemos levantar fronteras; también instituciones. Podemos administrar recursos; también reconocer dignidades.
Ahí comienza una conversación mucho más difícil que la biología no puede resolver por nosotros.
Es finales de agosto.
Miro hacia arriba. Los nidos están vacíos.
Las golondrinas vuelan hacia África y, al otro lado del mismo horizonte, hay seres humanos mirando hacia el norte.
No son viajes comparables. Pero ambos nos recuerdan algo que la geografía nunca deja de enseñarnos: ninguna vida sucede al margen del lugar en el que intenta prosperar.
Quizá el verdadero progreso no consista únicamente en encontrar un buen lugar para vivir. Sino en aprender a hacerlo habitable también para los demás.

María Gálvez del Castillo Luna es oceanógrafa y ambientóloga. Fundadora y CEO de Smart Blue Lab y embajadora del Pacto Climático Europeo.
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Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.
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La entrada Finales de agosto. Por María Gálvez del Castillo Luna (CEO de Smart Blue Lab) se publicó primero en EFE Verde.