• 07/10/2022 11:03

20 razones por las que algunos jueces faltan el respeto a los abogados

(origen) LuisRomeroSantos Ago 29, 2022 , , , , , , ,
Tiempo estimado de lectura: 12 minutos, 59 segundos

“En los tribunales no pretendas ser más que el juez pero no consientas ser menos”: Ángel Ossorio y Gallardo, Abogado.

Son solo algunos los jueces que incurren en faltas de respeto y consideración a los abogados, pero son más de los que deberían ser.

La mayoría de ellos respetan a los abogados pero cuando nos encontramos con algún togado que tiene un modo inadecuado de dirigirse hacia nosotros, la consecuencia será que no podamos ejercer la defensa como es debido y el principal perjudicado será nuestro cliente.

Naturalmente, para que un juez o jueza incurra en una actitud irrespetuosa no es necesario que tengan lugar las veinticinco circunstancias aquí expuestas sino que con una sola de ellas podríamos estar ante un magistrado poco cortés.

En la medida en que veamos manifestadas varias situaciones de las que a continuación describimos en la conducta de un juzgador o un buen número de ellas, más graves serán las escenas que vivamos cuando ejerzamos nuestra noble profesión bajo su manto.

Algunos dicen que es excepcional que se trate mal a un abogado pero existen encuestas que indican que más del 85% de los abogados ha tenido una mala experiencia con los funcionarios de la administración de justicia.

1.- La soberbia y la arrogancia

La soberbia es el sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato distante o despreciativo hacia ellos.

Como mantiene el Dr. Enrique Rojas, prestigioso catedrático de psiquiatría:

“La soberbia (…) emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida (…). Hay arrogancia, altanería, tono despectivo hacia los demás, que se mezclan con desprecio, desconsideración, frialdad en el trato, distancia gélida, impertinencia e incluso, tendencia a humillar.”

“(…) Sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos los que le rodean (…) que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal”.

El juez soberbio y arrogante es aquel que no es consciente de que el abogado que comparece en su sala, el ciudadano al que ha de juzgar, los testigos que van a deponer, los peritos que van a ratificar su informe, tienen los mismos derechos que él y son seres humanos que merecen su cortesía. Él o ella, embelesados por su alta posición, se olvidan de todo lo demás.

Ellos son más que nadie y no se les puede llamar la atención ni siquiera educadamente, pues la espada de Damocles se elevará sobre las cabezas de aquellos que osen contradecirles o interrumpirles. Olvidan que son servidores públicos y que cobran su sueldo gracias a nuestros tributos.

2.- La prepotencia

Es prepotente el que abusa de su poder o hace alarde de él. Es el poder mal ejercido. Los prepotentes no admiten críticas y se revuelven cuando alguien les advierte de su indeseable comportamiento.

El juez prepotente es arrogante y egocéntrico porque se considera superior a otros profesionales y ciudadanos que no ejercen la misma carrera que él. Es el centro del mundo, de todos, actuando de manera irrespetuosa hacia los demás con desprecio y ofensas.

“¡Aquí en esta sala el que manda soy yo!”.

3.- Los delirios de grandeza

Es un tipo de delirio asociado al poder. Las personas afectadas están convencidas de tener un talento extraordinario o de haber realizado un descubrimiento importante.

Según Freud, el delirio de grandeza no es una creación nueva del sujeto sino “la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido”.

Según la psicóloga Laura Ruiz Mitjana, el delirio de grandeza gira en torno a una creencia delirante donde la persona alberga una idea exagerada de su importancia, poder o conocimiento; incluso puede llegar a creer que es Dios.

Un juez con ese afán de grandeza no devolverá el saludo a quien le dé los buenos días o las buenas tardes, no se levantará de su mesa cuando un abogado entre en su despacho, ni siquiera lo invitará a tomar asiento, es más, muy probablemente ese magistrado o magistrada tampoco recibirá a quien se lo solicite.

Hará esperar mucho tiempo a las partes antes de una declaración o un juicio, al llegar no se disculpará, sus voces se oirán en los pasillos cuando un abogado exija que se cumpla con la Constitución Española y especialmente se respete el artículo 24.

Un juez así se atreverá a decirle al abogado que si quiere dirigir el juicio curse una oposición, afirmará que no puede el letrado (sin Señor) dictar el contenido de su protesta al letrado de la administración pues para eso está él. Un juez o una jueza con ese delirio no tendrá inconveniente en espetarle a un abogado que implora piedad para que su discurso no sea interrumpido “¡No se preocupe, nosotros estamos aquí para aguantarle! ¡Prosiga!”.

4.- La ira

La ira, la cólera, enfado, rabia, enojo o furia es una emoción que se expresa a través del resentimiento o de la irritabilidad.

Marco Aurelio escribe en su obra “Meditaciones”:

“Es preciso tener mucho cuidado de no irritarse con los hombres, y con el mismo cuidado alabarles. Son dos excesos contrarios a la vida social y que pueden ser dañinos. Al momento de sentirte enfadado, no olvides que es indigno del hombre dejarse arrastrar por la cólera, y que la paciencia y la dulzura son las cualidades al mismo tiempo más humanas y más fuertes. Indican vigor, coraje y energía, y no se puede decir lo mismo de la cólera y el despecho. Cuanto más se aproxima la paciencia a la impasibilidad, mayor es su fuerza. Si la tristeza es un signo de debilidad, la cólera es otro.”

La conducta irascible de un juez la denotan su expresión, su tono de voz, la acritud de sus palabras, las chispas en sus ojos, la rabia, la irritación, la saña, la excitación, la fiereza, el rencor.

La mayoría de los juicios se graban; los del tribunal del jurado de Sevilla, no. Pero la grabación de la vista debería ser completa. Falta una cámara, una cámara que enfoque al juez y recoja sus gestos, sus movimientos y otros detalles que no refleja la única filmadora ahora existente en estrados.

5.- La envidia

La libertad del abogado que se refleja en la libre elección de sus clientes y sus casos, la flexibilidad de su horario; la retribución, que algunos creen que somos ricos y solo tenemos ingresos y no hay gastos; que sepamos conducir un interrogatorio o que pronunciemos un brillante informe. Quizás algunos jueces no soporten que un abogado pueda estar en una posición superior a él, aunque el magistrado esté ungido.

“La envidia es causada por ver a otro gozar de lo que deseamos; los celos, por ver a otro poseer lo que quisiéramos poseer nosotros”, Victor Hugo.

“La envidia sigue al mérito, como la sombra al cuerpo”, Miguel de Unamuno.

6.- Falta de educación

Los buenos modos no deben perderse nunca. La educación es el buen uso de la urbanidad y la cortesía. La cortesía es la amabilidad, consideración y buena educación de la persona cortés.

Dice Christine Porath, profesora del McDonough School of Business de la Universidad de Georgetown:

“Cuando una persona es tratada de un modo irrespetuoso se siente pequeña, siente que no la valoran, que no la escuchan, se siente rebajada y menospreciada, incluso se puede sentir maltratada. Y eso les hace daño y les afecta de tal manera que no pueden concentrarse bien…”.

“Probablemente se deba en buena medida a todo el estrés que sufrimos. Cuando en nuestros estudios le preguntamos a la gente por qué es grosera, la razón principal que aducen es que se sienten estresados, abrumados.

(…) Eso conduce muchas veces a una espiral en la que se reacciona recíprocamente y en la que incluso se intenta empañar la palabra de la otra persona”.

Eso sentimos algunos abogados cuando una mañana nos dirigimos a un tribunal orgullosos de nuestra gloriosa misión y al entrar en sala somos rebajados y tratados descortésmente.

7.- Miedo a las represalias

El abogado que es víctima de la falta de respeto propiciada por un juez se contiene, piensa en su cliente, en la defensa que está ejerciendo. Entonces, aguanta un golpe, pone una mejilla y después la otra, pero si prosigue el togado con el acoso y derribo, intenta hablar y le interrumpe quien ostenta la autoridad: a veces se siente confuso, perplejo, sorprendido; otras veces, asume el golpe porque ya lo esperaba; y en pocas ocasiones, el abogado vituperado hace algo más que emitir una protesta.

Es comprensible, sobre todo si no se ejerce en una ciudad grande en la que no sea muy probable que se coincida con el mismo juez en breve. Pero incluso en capitales importantes, cuando el abogado actúa en una jurisdicción coincidente con su especialidad principal, es muy probable que vayan a encontrarse de nuevo el alto funcionario y el letrado.

A mi algunas veces me han preguntado cómo me atrevo a hablar claramente a los jueces cuando me faltan el respeto, me interrumpen sin razón o son maleducados conmigo.

¿Es que no pienso en que podrían perjudicarme con su resolución? Yo les contesto que creo en la justicia y el derecho, y confío en el poder judicial aún en el caso que esté representado por jueces o juezas que no merecerían ejercer.

Lo contrario sería concluir que el juez al que el abogado le habla e implora abiertamente porque está infringiendo su obligación de ser considerado con el abogado y su defendido, va a cometer un delito de prevaricación judicial.

8.- Ausencia de denuncia del abogado

El abogado debe hacer constar su protesta y el motivo de la misma cuando exista falta de consideración y respeto hacia él o su defendido, pues se infringe lo dispuesto en la LOPJ, la Lecrim y el Estatuto General de la Abogacía Española.

La gran mayoría de los abogados que sufren la falta de decoro de los juzgadores, no presentan quejas ante el juzgado decano, el presidente de la audiencia provincial o en otros tribunales como la audiencia nacional o los tribunales superiores de justicia.

Tampoco, siendo compatible, imponen quejas ante el promotor de la acción disciplinaria del Consejo General del Poder Judicial. Últimamente, sí es más frecuente que los agraviados presenten denuncia en sus propios colegios de abogados o incluso en el Consejo General de la Abogacía Española.

Precisamente, la mayoría de mis compañeros no actúan como deberían por el miedo a las represalias referidas anteriormente. Es más, no confían en que sus quejas prosperen y piensan ¡Me he arriesgado presentándole una queja al juez, me la han desestimado y ahora estoy sólo ante el peligro!

Una vez me preguntó el responsable de una institución en la que impartí clases por qué no le había dicho que había presentado una queja en el juzgado decano contra una jueza que también era profesora en el centro e iba a colaborar conmigo. Pensé ¡Yo no he presentado ninguna denuncia contra esa jueza!

Pero ante la insistencia de mi interlocutor, seguí ejercitando mi memoria y caí en la cuenta que unos diez años antes una cliente mía ante la lentitud del proceso, había presentado una queja ante el juzgado decano.

La magistrada no se había olvidado y le daba igual que la firmante de dicha reclamación fuese mi cliente. Pensaría ¡A mi no me la da usted!

9.- Implicación insuficiente de nuestros representantes

La mayoría de los decanos y juntas de gobierno de los colegios de abogados desean estar a las buenas con los jueces y el resto de los funcionarios de la administración de justicia.

Esas buenas relaciones no son inconciliables con la contundencia en la denuncia respecto a las malas prácticas de algunos jueces y tribunales y, por lo tanto, con la exigencia de un trato correcto a todos los abogados en ejercicio.

Los decanos deben estar al lado de sus compañeros y no pueden apoyar al juez, al fiscal, al secretario, a los funcionarios, cuando la queja del letrado es fundada. Hay muchos abogados que se quedan solos cuando claman respeto.

Hay excepciones dignas de mención como la de Francisco Javier Lara, decano emérito del Colegio de Abogados de Málaga, quien dijo: “Yo soy decano para defender la dignidad de la abogacía y no para llevarme bien con Antonio Alcalá” (presidente de la Audiencia Provincial de Málaga entonces).

También se han pronunciado reiteradamente a favor de los colegiados víctimas de trato desconsiderado, Victoria Ortega, presidenta del Consejo General de la Abogacía Española; Nielson Sánchez-Stewart, decano emérito de Málaga y consejero del CGAE; José María Alonso, Decano del Colegio de la Abogacía de Madrid; Juan Gonzalo Ospina, diputado del ICAM y candidato a Decano; Alberto Cabello, presidente de AJA Madrid-Agrupación de Jóvenes Abogados; José Muelas, decano emérito de Cartagena.

Igualmente, Belén García, secretaria general del Sindicato de Abogados Venia. Que me disculpen otros muchos decanos, diputados y consejeros que no cito y que sé que se desviven reclamando respeto a nuestra profesión.

10.- Los canapés y las medallas

Comprendo que algunos de nuestros representantes pueda sentirse incómodos cuando aceptan alguna de las numerosas invitaciones a actos celebrados por jueces, fiscales, secretarios y otros funcionarios, y en otros múltiples ágapes en los que coinciden, si han sido contundentes en la denuncia de las actitudes poco corteses y autoritarias de algunos magistrados, pero ¿Para qué los hemos elegido? ¿Para que en esas imposiciones de medallas y otros actos de loor se atraganten con los canapés cuando su subconsciente les recuerde su pasividad ante tantos atropellos?

¿Es que no ven que esos jueces irrespetuosos se sienten arropados ante la falta de actuación de los colegios de abogados? ¿Es que no entienden que los desconsiderados se ven premiados?

11.- La Santa Alianza

“Es que son ustedes ¡primus inter pares’, le espetó un afamado penalista de Madrid a todo un tribunal y al fiscal, cuando se aliaron éstos contra una petición muy lógica y ajustada a derecho que esgrimió ese doctor ante ellos.

Muy pocas veces he visto corregir o interrumpir un juez a un fiscal y menos aún que un acusador público se queje al juez. Todavía menos que un fiscal apoye a un abogado frente a una queja al juez, aunque excepciones hay.

¿Y qué decir de los secretarios judiciales, ahora LAJ, cuando los juicios no se grababan y debían tomar acta de los juicios? ¿Cuántas veces los hemos visto ser independientes de verdad y han tomado nota literalmente de nuestras protestas y el contenido de las mismas? ¿En cuántas ocasiones han corregido al juez?

¿Es que no hemos visto frecuentemente que necesitaban el “placet” del magistrado?

Unos se apoyan en los otros frente a los abogados que osan contradecirles y ejercer hasta sus últimas consecuencias el derecho de defensa. Quizás para que cuando se encuentren en esas celebraciones que se alargan no tengan que rehuir un saludo, una mirada, un reproche. “Uno para todos y todos para uno”.

12.- La hora de la comida

Uno de los penalistas que asistían al juicio celebrado en su ciudad hace ya años me dijo: “Es que le está esperando en casa el pollito”. Me hizo gracia esa conclusión cuando yo me vi sorprendido por la interrupción de la que creía que iba a ser la última sesión de un largo juicio y el presidente de la sala nos invitó a continuar con el juicio la siguiente semana viniendo mi equipo y yo desde un lugar muy lejano a ese palacio de justicia.

Es cierto: se siente, se nota la cercanía de la hora del almuerzo en el juicio. Pero no siempre responde el director del juicio cuando el hambre afina las papilas gustativas suspendiendo el juicio y continuando posteriormente, ese día u otro, sino que muchos de los magistrados prefieren continuar atropellando los interrogatorios con el surgimiento sorpresivo de multitud de impertinencias casi inexistentes momentos antes de la proximidad de la pitanza.

Los modos indecorosos y el nerviosismo aumentan proporcionalmente al recorrido de las agujas del reloj.

Las prisas que no han tenido antes, en otros juicios o en el nuestro, ahora sí se reflejan en las decisiones del tribunal. Y cómo no, a veces también nos limitan el tiempo de nuestro informe o llanamente nos interrumpen el mismo, incluso en defensas con altas penas de prisión solicitadas por las acusaciones.

13.- Acumulación de juicios

La agenda cargada, la saturación de juicios en una sola mañana son responsables del estrés y desasosiego de algunos jueces y la pagan con nosotros, que no hemos participado en una errónea gestión del tiempo.

Quizás pensara el funcionario, el LAJ o el propio tribunal que iban a suspenderse ese día algunos juicios, en otros se iba a llegar a una conformidad y muy pocos iban a celebrarse.

Pero no siempre las cosas salen como uno desea y el caos y la irritación se intensifican conforme el juez o la jueza ven que les dan la una y las dos y no llevan ni la mitad de los juicios celebrados.

Intentan meter con un “calzador” todas las vistas en ese exiguo tiempo. No hacen como haría un conductor prudente ante un atasco, tomárselo con filosofía y relajarse ante una situación en la que poco podemos hacer.

¿Cuántos rezongos hemos soportado los asustados letrados? ¿Cuánta tensión nos han contagiado tantos jueces ansiosos por terminar?

14.- Falta de denuncia de los ciudadanos

No solamente somos los abogados los que a veces decidimos no quejarnos de tan injusto trato. Son también el justiciable, los testigos, los peritos, los familiares de nuestros defendidos, los que claudican o ni siquiera piensan en hacerlo.

La ley les respalda: ellos se merecen el buen trato, la buena educación, la cortesía: no pueden ser blancos de gritos, malos modos, de un trato soez. La Carta de Derechos de los Ciudadanos ante la Justicia obliga a los funcionarios a ser corteses, así su artículo 9 “El ciudadano tiene derecho a ser atendido de forma respetuosa y adaptada a sus circunstancias psicológicas, sociales y culturales”

¿Conocen todos los jueces este precepto? ¡Creo que no!

¿Por qué habrían de soportar un comportamiento que no toleran en otros ámbitos? Esto me recuerda a aquel médico famoso que me preguntó ¿Los jueces son siempre así? Después de contarme la reprimenda que recibió de un presidente de una sección penal de una audiencia en la que se le había citado como perito en una vista y al tener “la consulta llena” había olvidado o había querido olvidar su cita con la diosa Justicia.

15.- Temor a los jueces

Es un miedo reverencial, casi un temor ancestral. La gente los ve ahí arriba con su toga negra, el escudo, las puñetas, ejerciendo su poder, y no piensan en que son funcionarios, servidores públicos.

Son merecedores del mayor respeto y hay que reconocerles el mérito de haber decidido impartir justicia. Pero los que comparecen antes ellos no son menos, el respeto ha de ser recíproco.

Muchos abogados se ven contagiados de ese pavor, piensan en qué ocurriría si exigen el cumplimiento del deber de imparcialidad objetiva del juez, el derecho a un proceso con todas las garantías, el respeto al derecho de defensa y a no sufrir indefensión.

Y, como mínimo, la cortesía propia entre personas educadas independientemente del papel que cada uno esté desempeñando en ese momento en el proceso.

Si están muy estresados, que practiquen deporte antes de acudir a la sala, que intenten dormir mejor, que no cenen mucho la noche anterior y mejor temprano, que se den de baja si no pueden controlar su ansiedad, pero que no la paguen con nosotros ¡Por Dios!

16.- Juez y parte

¡Es que se juzgan entre ellos mismos! ¿Para qué voy a poner una queja al CGPJ o al Decanato? ¡Más del 90% se archivan! ¡Y encima ese juez o jueza ya me lo tendrán en cuenta!

Eso oímos comentar muchos abogados de nuestros colegas. En verdad, aunque no todos los miembros del consejo son jueces, sí la inmensa mayoría.

Por lo que una mayor independencia de los órganos de control de los jueces ayudaría a que el régimen disciplinario se aplicara más justamente ante conductas intolerables.

17.- Problemas personales

Todos tenemos problemas pero no por eso nos está permitido atropellar a los que se someten a nuestra autoridad. Es decir, me dan un cargo y lo puedo ejercer arbitrariamente, sin las más mínimas formas ¿Puedo vociferar? ¿Puedo vituperar? ¿Puedo amedrentar? ¿Puedo hasta asustar?

La timidez, la falta de seguridad, la ansiedad, el estrés, la depresión, el miedo escénico y otras circunstancias no pueden intentar aliviarse o superarse humillando a “el que se sale del plato” o incluso aun en el caso de que no haya intervenido todavía el destinatario de sus reproches, al que en ese momento es blanco de su ira.

Muchas veces es mejor una baja médica, una licencia, unas vacaciones, una excedencia… que seguir y seguir sin gozar de las condiciones físicas y psíquicas idóneas.

18.- El abogado es el enemigo

¡Cuidado con ellos! ¡Van a intentar alargar el procedimiento! ¡Van a recurrir por recurrir! ¡Solicitarán la suspensión del juicio con artimañas! ¡Extenderán eternamente sus interrogatorios! ¡Nunca terminarán sus informes! ¡Se atreverán a dejarnos mal ante el público! ¡Cuestionarán nuestra autoridad!

“Los abogados incordian”. A veces somos molestos si cumplimos con nuestro deber y ejercemos la defensa de los derechos e intereses de nuestros clientes como creemos oportuno y de acuerdo con el ordenamiento jurídico.

Hemos decidido ser abogados y creemos firmemente que lo somos en una administración de justicia respetuosa con los derechos fundamentales, estamos convencidos de que vivimos en una democracia y en un Estado de Derecho.

19.- ¿Somos juristas de segunda?

¡La única diferencia que hay entre usted y yo es una oposición! Le dijo un abogado a un magistrado cuando éste le trataba de malos modos y no le permitía ni siquiera contestarle porque ahí el que mandaba era él. Habría que añadir que hay otras diferencias: el escudo y las puñetas de juez, es el que dirige la vista y ejerce la policía de estrados, etc.

Pero aunque ellos y ellas hayan superado con éxito una dura oposición ¿Somos nosotros menos porque hayamos decidido ejercer tan noble profesión liberal como es la abogacía? ¿Qué saben ellos de las horas de estudio que hemos dedicado los abogados a nuestros casos? ¿Nos han pedido acaso nuestro curriculum para comprobar cuántos cursos de posgrado hemos realizado? ¿Cuántos títulos tenemos? ¿A cuántas jornadas y congresos hemos asistido? ¿Cuántas veces hemos salido de madrugada de nuestro bufete? ¿Cuántos sábados y domingos la luz de nuestra ventana estaba encendida?

20.- No toman café con nosotros

Había quedado en su despacho con un fiscal que me daba clases en un curso de práctica jurídica. Al salir de un acto, me saludó afablemente y me dijo que me esperase a su vuelta tras tomar café con unos compañeros.

Es más, añadió “Es que no te digo que me acompañes porque vamos a hablar de nuestras cosas. ¡Tú sabes!”.

Sí, de “esas cosas”. Por eso, cuando visité por primera vez la Corte de Stafford para acompañar a un «solicitor» y a un «barrister» a la vista por la solicitud de la libertad provisional de un español procesado por unos cargos importantes, me vi gratamente sorprendido cuando unos jueces nos invitaron a desayunar junto a ellos en su mesa. “Los jueces con los jueces”. “Los niños con los niños”

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Artículo de LuisRomeroSantos publicado en https://confilegal.com/20220829-20-razones-por-las-que-algunos-jueces-faltan-el-respeto-a-los-abogados/

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