Pocas palabras están tan presentes hoy en el debate público como “sostenibilidad”. Pocos sectores forman parte de manera diaria de la vida de las personas como los supermercados.
Cada día, más de 16 millones de personas acuden a una tienda de alimentación de proximidad para hacer sus compras destinadas a cubrir una necesidad básica del ser humano: comer. ¿Este puede ser un acto “sostenible”? ¿Estos 16 millones de actos de compra pueden ser “sostenibles”?
Invitamos a continuación a reflexionar, de manera general, sobre este concepto que tiene un significado tan amplio y, a la vez, tan difuso.
Cuando hablamos de sostenibilidad solemos pensar en emisiones, residuos, reciclaje o consumo de recursos. Pensamos, en definitiva, en medio ambiente. Es normal. Son cuestiones visibles y forman parte de muchos de los retos a los que nos enfrentamos como sociedad.
Pero la sostenibilidad es mucho más que eso.
Vivir provoca impactos
Basta con fijarse en uno de los términos que más hemos escuchado en los últimos años: el greenwashing. Si este fenómeno preocupa cada vez más es porque la sociedad ya no se conforma con los mensajes. Ya no basta con decir que algo es sostenible.
Queremos saber por qué. Queremos pruebas. Queremos entender qué hay detrás de cada compromiso.
Y eso nos lleva a una realidad muy sencilla: toda actividad provoca impactos. Los provoca una empresa cuando fabrica un producto o presta un servicio. Los provoca una administración cuando toma una decisión. Los provoca un comercio de alimentación o de otro tipo, una explotación agrícola o una organización social. También los provocamos cada uno de nosotros con nuestras acciones diarias.
A veces hablamos de sostenibilidad como si el objetivo fuera alcanzar un -bastante discutible- impacto cero. Pero la realidad es otra. Vivir provoca impactos. Trabajar provoca impactos. Producir provoca impactos. Consumir provoca impactos. Comer provoca impactos.
La cuestión no es si dejamos huella. La cuestión es qué huella dejamos. Y, sobre todo, qué hacemos para conocerla, entenderla, mejorarla y transmitirla, en nuestro caso, a los millones de usuarios de los supermercados. En este aspecto, el reporting es mucho más que una moda o una obligación legal. Es el camino para mejorar.
No todo es negativo
Porque los impactos no son únicamente negativos. Una actividad puede consumir recursos o generar emisiones que deben reducirse, pero también puede crear empleo, formar a personas, impulsar la innovación, dinamizar un territorio o generar oportunidades donde antes no existían.
Con frecuencia hablamos mucho de los impactos ambientales porque son más fáciles de identificar. Sin embargo, la sostenibilidad también tiene una dimensión social fundamental.
El empleo de calidad, la igualdad de oportunidades, la formación, la seguridad y la contribución al bienestar colectivo son igualmente parte de la huella que dejamos. Tan importante es reducir aquello que resta como potenciar aquello que aporta.
El papel de la gobernanza
Pero hay otro aspecto que cada vez será más relevante y que sigue siendo uno de los grandes desconocidos: la gobernanza. Aunque pueda parecer un concepto complejo, en realidad responde a preguntas muy sencillas. ¿Cómo se toman las decisiones? ¿Qué información se utiliza para tomarlas? ¿Cómo se mide el progreso? ¿Cómo se identifican los errores? ¿Qué mecanismos existen para seguir mejorando?
En definitiva, la gobernanza trata de aportar credibilidad a los compromisos, no quedándose simplemente en decir qué se va a hacer sino explicar cómo se va a hacer. Porque no basta con tener buenas intenciones. Tampoco basta con presentar buenos resultados en un área concreta si no entendemos el conjunto de los impactos que provocamos.
Uno de los riesgos más frecuentes es pensar que hemos resuelto un problema cuando, en realidad, simplemente lo hemos trasladado a otro lugar. Podemos mejorar un indicador ambiental y generar un impacto no deseado en otra fase del ciclo. Podemos actuar correctamente dentro de nuestras instalaciones y prestar menos atención a lo que sucede a lo largo de nuestra cadena de valor.
Sin embargo, la sostenibilidad exige una visión completa. Lo que sucede aguas arriba y aguas abajo también forma parte de nuestra responsabilidad. Del mismo modo que una organización debe conocer el impacto directo de su actividad, también debe esforzarse por entender los efectos que generan sus decisiones a lo largo de toda la cadena.
Y, precisamente, el concepto de cadena en el sector de la agroalimentación es quizá uno de los más paradigmáticos del sistema productivo por las consecuencias que tiene en el consumidor como último eslabón del mismo.
Por eso medir es tan importante. Pero medir no es un fin en sí mismo. Como afirmó Lord Kelvin, «lo que no se mide, no se puede mejorar». La sostenibilidad empieza precisamente ahí: con el conocimiento. Conocer para entender. Entender para actuar. Actuar para mejorar.
Ninguna organización es perfecta. Ninguna actividad está libre de impactos. Lo verdaderamente importante es ser capaces de identificarlos con honestidad, asumir la responsabilidad que nos corresponde y trabajar para que el resultado final sea cada vez mejor.

Al final, la sostenibilidad no consiste en afirmar que no dejamos huella. Consiste en reconocer que la dejamos y en hacer todo lo posible para que esa huella aporte más de lo que resta.
Porque toda actividad provoca impactos.
Ana Rivas es directora de Sostenibilidad y Economía Circular de la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados (ASEDAS).
Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.
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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».
La entrada La sostenibilidad es la huella que dejamos. Por Ana Rivas se publicó primero en EFE Verde.