En la industria, como en la propia evolución del ser humano, la innovación no es una opción, sino una condición del progreso.
Las empresas llevan innovando desde sus orígenes para adaptarse, pero hoy el listón es más exigente que nunca y competir –y sobrevivir– en el mercado global se ha convertido en el gran reto. En este contexto, el Día Mundial de la Innovación que conmemoramos el 21 de abril debería servir no solo para celebrar avances, sino para distinguir quién logra convertirlos en una ventaja real. Porque, en última instancia, la innovación se mide por su capacidad para traducirse en competitividad sostenida en el tiempo.
Reducir la innovación en las empresas a la incorporación de tecnología o a la ejecución de planes de mejora es quedarse en la superficie. Su verdadero alcance se mide en cómo optimiza recursos, mejora la eficiencia y genera productos que la sociedad demanda, o acabará demandando.
Y, por supuesto, en la cuenta de resultados y en la posición en el mercado. Pero incluso eso resulta insuficiente si no responde a una lógica más amplia. La innovación que marca la diferencia se integra en la estrategia, tiene impacto medible y se sostiene en el tiempo hasta convertirse en auténtica cultura de la empresa.
A la vanguardia de la bioeconomía
En el caso del sector papelero, el objetivo es claro: competir mejor siendo más sostenible para situarse a la vanguardia de la bioeconomía. Bajo esta premisa, las empresas que fabrican celulosa y papel en España desarrollan productos renovables que satisfacen las necesidades de la sociedad y lo hacen además reduciendo la dependencia de materias primas fósiles.
La Unión Europea ha reforzado recientemente esta apuesta con una nueva estrategia de bioeconomía que sitúa entre sus prioridades escalar la innovación, es decir, acelerar su traslado desde el laboratorio hasta la producción industrial y el mercado.
El sector papelero español lleva tiempo moviéndose en esa dirección. En 2024, la industria pastero-papelera invirtió 292 millones de euros, el 5,6% de su facturación anual. De ese esfuerzo, el 20,4% se destinó a I+D+i y mejoras tecnológicas, el 17,7% a calidad y medio ambiente y el 16,2% al aumento de capacidades productivas.
Más allá de las cifras, lo relevante es lo que revelan: una apuesta continuada de un sector que entiende la innovación como motor de transformación industrial y no como un ejercicio puntual.
Impulso a la sostenibilidad
Detrás de esos porcentajes hay decisiones que responden a una lógica. La inversión tecnológica permite ganar eficiencia y competir en mercados globales cada vez más exigentes. El impulso a la sostenibilidad anticipa regulaciones y refuerza la posición de la industria en un entorno que penaliza las ineficiencias ambientales.
Y el refuerzo de capacidades productivas persigue recuperar músculo industrial, por ejemplo, para ganar resiliencia frente a las disrupciones en las cadenas de suministro.
El resultado es una industria de larga historia que, sin embargo, participa de forma activa en la definición de los nuevos modelos productivos asociados a la bioeconomía y la economía circular. No se limita a adaptarse a los cambios, sino que los impulsa, demostrando que la innovación no es patrimonio exclusivo de los sectores emergentes.
Este avance, sin embargo, tiene límites si no encuentra un entorno que lo acompañe. La magnitud del desafío exige reforzar la colaboración público-privada y, sobre todo, contar con un marco regulatorio y fiscal alineado con los tiempos industriales.
Necesitamos procedimientos ágiles, acceso efectivo y adecuadamente dotado a las ayudas y una menor carga administrativa. De ello depende que muchas de las innovaciones que no pasan de expectativa se consoliden como realidades tangibles, capaces de reforzar la competitividad de las empresas y hacer avanzar a nuestra sociedad.

La industria papelera española ya ha demostrado que sabe innovar. El reto ahora es escalar ese esfuerzo y dotarlo de estabilidad. Porque lo que está en juego no es solo la evolución y continuidad de un sector, sino la construcción de un modelo productivo en el que la bioeconomía se consolide como uno de los pilares sobre los que asentar la competitividad, la autonomía estratégica y la sostenibilidad a largo plazo.
Hace mucho que el sector papelero ha entendido ese movimiento. Y, con un contexto que acompañe, está en condiciones de convertirse en uno de los referentes de esa industria que Europa quiere y necesita para construir el futuro al que aspiramos.
Rodrigo Álvarez es director de Energía e Innovación de ASPAPEL.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.
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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».
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