Bajo las encinas de una dehesa española, un cerdo ibérico busca bellotas entre la hierba seca. En el valle de Paro, Bután, un agricultor cuida un arrozal del que nace el característico arroz rojo del país. A miles de kilómetros, bajo el dosel verde del Darién panameño, mujeres emberá preparan bodochi con arroz cultivado en sus campos.
Una bellota. Un grano de arroz rojo. Una comida que pasa de una generación a otra.
Océanos, lenguas e historias separan estos paisajes. Pero los tres guardan algo parecido: producir alimentos es también una forma de habitar un lugar.
Hoy, esos saberes se ponen a prueba. Las lluvias son menos previsibles, el calor más extremo, los suelos se agotan y la biodiversidad se pierde.
La agricultura sufre esta crisis, aunque algunas formas de producir también han contribuido a crearla mediante el uso intensivo de tierra, agua y productos químicos. En Europa, los trabajadores agrícolas afrontan mayores niveles de estrés y suicidio, mientras crece la distancia entre productores y consumidores.
Buscamos respuestas en mejores semillas, riego inteligente, nuevas normas y cadenas más eficientes. Quizá hemos mirado en una sola dirección.
Cumbre Mundial de Sistemas Alimentarios Conscientes
En septiembre, casi 400 personas de más de 60 países se reunieron en Bután en la primera Cumbre Mundial de Sistemas Alimentarios Conscientes. La pregunta: si sabemos tanto sobre lo que debe cambiar, ¿por qué sigue siendo tan difícil cambiarlo?
Ban Ki-moon, ex secretario general de Naciones Unidas, lo expresó así: «La transformación interior y cultural —un cambio consciente en nuestras mentalidades, valores y visiones del mundo— debe reconocerse como un facilitador fundamental del desarrollo sostenible, junto con las políticas, las finanzas y la tecnología».
Los sistemas alimentarios los moldean políticas y mercados, pero también decisiones: qué arriesga un agricultor, qué premia una empresa, a quién escuchamos, qué protege un gobierno, qué ponemos en nuestras mesas.
Esa es la premisa de la Alianza para Sistemas Alimentarios Conscientes (CoFSA). Transformar exige trabajar no solo sobre estructuras, sino sobre valores, relaciones y capacidades interiores: conciencia, compasión, cuidado, justicia, responsabilidad e interdependencia.
La conciencia no sustituye a la ciencia, la tecnología o las políticas. Empieza por prestar atención a las consecuencias, las personas, la tierra bajo nuestros pies y el conocimiento heredado; estar presentes para reconocer lo que ocurre y elegir cómo responder.
Volvamos a la dehesa. Árbol, pasto, animal y agricultor se han moldeado durante siglos. Ahora la sequía y el calor cambian sus términos. Un estudio de 2025 de la Universidad Complutense sobre Los Pedroches concluyó que adaptarse dependía del conocimiento de la tierra, la cooperación y del valor de la dehesa. Conservar agua o restaurar una encina implica ciencia y economía, pero también valores: qué importa, qué podemos perder, qué merece pasar a quienes vienen detrás.
A 8.000 kilómetros, el arroz rojo de Paro cuenta otra versión. Más del 70 % de Bután sigue cubierto de bosques, pero los agricultores comparten la tierra con fauna capaz de destruir sus cultivos. La reverencia por la naturaleza no elimina decisiones difíciles; influye en cómo se toman. Deidades de la tierra y el agua y rituales de cosecha conviven con el trabajo de alimentar a las familias.
En comunidades emberá del Darién, la cuestión es si el conocimiento llegará a otra generación. Se produce menos para consumo propio, entran alimentos procesados y algunos niños vuelven de escuelas donde no se enseña su lengua ni se sirve comida tradicional menos interesados en lo que cultivan sus familias.
Y, sin embargo, el arroz sigue sembrándose. Las mujeres preparan bodochi. Las recetas pasan de manos mayores a jóvenes. Surgen ferias y huertos. El pasado no se conserva bajo una vitrina: se lleva consigo, se cuestiona y se rehace en el presente.
Ningún paisaje contiene la respuesta para otro: ni la dehesa, ni el Darién, ni Bután pueden trasplantarse a otro lugar.
Lo que los une no es la tradición. Es humano: cuidar aquello que nos sostiene, cooperar, reconocer nuestra dependencia del mundo vivo y decidir qué merece protección, qué debe cambiar y qué esperamos dejar atrás.
Tecnología, financiación, regulación e infraestructuras son indispensables. Pero cada sistema es creado, gobernado y habitado por seres humanos. El mundo interior —lo que valoramos, percibimos, creemos y sentimos como nuestra responsabilidad— se convierte en mundo exterior a través de nuestras decisiones.
Algún día, nosotros seremos el pasado que otros heredarán.
Bajo la encina española, el cerdo ya se ha alejado. En Paro, el arroz rojo está listo y el agricultor hace una ofrenda a las deidades de la tierra, el agua y la cosecha. En Darién, el arroz vuelve al centro convertido en bodochi. Una oración precede la comida. Los invitados comen antes que el anfitrión.
No pueden verse entre sí. Pero, por un instante, hacen algo extraordinariamente parecido.

Prestan atención.
A la tierra. A los alimentos. A los demás. A lo heredado y a lo que dejarán atrás.
El futuro de la alimentación necesitará cosas que aún no hemos inventado. Pero también lo moldeará lo que ya llevamos dentro: nuestra capacidad de recordar, cuidar, imaginar y, en el presente, elegir.
Andrew Bovarnick (izquierda) es director global de Sistemas Alimentarios, PNUD y Thomas Legrand (derecha) es responsable de la Alianza para Sistemas Alimentarios Conscientes (CoFSA), PNUD.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.
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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».
La entrada El futuro de la alimentación ya está dentro de nosotros. Por Andrew Bovarnick y Thomas Legrand (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD) se publicó primero en EFE Verde.