José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

Cuando uno se pone ante el maldito papel en blanco para escribir (es un símil, nadie o casi nadie escribe ya estas cosas a mano) te sucede como ya he expresado alguna vez, que tus personajes acaban tomando vida propia, de manera que sabes cómo empezar, pero no como va a terminar la historia. Ese mismo pensamiento tiene un buen amigo que no se si es mejor abogado o escritor, pero en ambos casos excelente y que le cupo el honor de ser Decano de Barcelona. Y a veces, como diría un registrador de la Propiedad llamado Mariano Rajoy, gallego de fuerte retranca y buen humor, ni siquiera llegas a ser consciente de la autonomía que consigue el personaje, o sí.
Viene esto a cuento de que llevo escritas últimamente muchas tragedias y tristezas y la verdad, el cuerpo me pide un pequeño descanso de tanta miseria humana, un poquito de alegría, una cierta descompresión, para volver más adelante a contar de nuevo esas historias duras y poco agradables pero que no por ello deben dejar de hacerse, en algunos casos, para perpetua memoria.
Toca por lo tanto escribir sobre un abogado que nació pobre y falleció con una espléndida posición. Se llamaba Benjamín Álvarez Suarez. Fin de la historia. Que no, que era broma, ahora me extiendo en su semblanza que creo merece la pena hacerla y por supuesto, leerla, pues alguna lección de vida podremos extraer de su conducta.
Benjamín Álvarez Suarez
El 30 de abril de 1897, en Morcín, Asturias, nace un niño a quien sus padres pusieron de nombre Benjamín. No creo que fuese el menor de los trece hermanos que componían la prole de sus padres Manuel y María, pero si consta que los primeros ocho años de su vida los pasó en la casa de sus abuelos maternos, donde tuvo que ayudar cuidando las cabras y ovejas por el monte, sin que exista constancia alguna del número de animales que eran objeto de su vigilancia.
Regresa con sus padres y se le busca trabajo, ¡con ocho años! para transportar cestos cargados de grava en la obra pública consistente en hacer la conducción de agua potable a Oviedo. Un día a la vuelta del trabajo, le dicen que su padre ha fallecido.
Es entonces cuando se hace minero. A esas edades su tarea no podía ser otra en la mina que la de guaje. Es un apelativo que a muchos nos resultará familiar por el futbolista Villa, pero del que no sabemos exactamente su significado. Guaje, en Asturias, es sinónimo de muchacho o aprendiz y llevado a términos mineros, se cree procede del flamenco “huaghe”, vagoneta, que era lo que empujaban esos chavales dentro de la mina.
En el año 1917, es decir ya con veinte años, hecho un hombre, participa en la huelga general de Asturias, perdiendo su trabajo. En ese momento decide dar un giro a su existencia y se marcha a la capital provincial y se coloca como portero de noche en el Hotel Francés, pasando de ahí al Café de París, desempeñando el trabajo de “echador” -otro término que no conocía- y que consistía en ser el encargado de llevar las cafeteras y llenar de café las tazas de los clientes.
Siendo como era analfabeto, sigue su progresivo ascenso en la escala laboral y se empleó como mozo de comedor al servicio de un aristócrata asturiano y es en 1924 cuando su vida da un giro radical. Se muda a Madrid, convertido en ayuda de cámara de un millonario. Como quiera que además de las horas dedicadas al sueño tenía libres de 6 a 8 de la tarde, no tiene una idea mejor que aprender a leer y escribir. Eso, en unas declaraciones que hizo a la revista Estampa en 1935, sentó muy mal a su jefe, que le apagaba la luz para que no estudiara, por lo que no tuvo otro remedio que hacerlo a la luz de las velas. Me ahorro la opinión sobre el aristócrata, pero me adhiero encantado a la de cualquier lector que, imagino, coincidirá con la mía.
Y tenemos a nuestro héroe que termina el Bachillerato y se hace también perito mercantil. Ya lanzado, comienza a estudiar Derecho -habiéndose librado ya de la dictadura del millonario- pues ha conseguido estar becado en sus estudios y tiene los firmes apoyos de los catedráticos Ureña y Clemente de Diego que fue luego presidente del Tribunal Supremo hasta su fallecimiento en 1945.
Lo de la beca, tiene su gracia y nos da una idea de cómo funcionaba el país y quien sabe de cómo sigue funcionando todavía. Parece ser -bueno no parece, que es confesión de parte- que, habiendo solicitado la beca, no se le podía conceder pues estudiaba en la modalidad de “libre”, pero mira por dónde al entonces ministro de Instrucción Pública en la Dictadura señor Callejo, se le ocurre la solución. Se concede la beca a su sobrina y ésta se la da a Benjamín, así puede dejar su trabajo con el aristócrata y pagando 3,50 pesetas diarias, alojarse en una pensión. De esta manera, termina los estudios y nos le encontramos brillantemente colegiado en el ICAM en septiembre de 1931.
El siguiente momento lo encontramos en enero de 1934, donde el Colegio de Abogados de Madrid, promueve un banquete de homenaje en el Hotel Asturias, al que se adhieren numerosos colegios de abogados de toda España y al que asiste el ministro de Agricultura Cirilo del Río, el presidente de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, el luego decano Goicoechea y el ingeniero de las minas donde trabajó nuestro protagonista. Ni que decir tiene que todos se deshicieron en elogios -hay que ver lo ampulosa que eran la prensa y los discursos en aquella época- pero sí que quiero destacar sobre todos ellos lo sucedido con la adhesión de la Escuela Nacional de Andújar que propuso al Letrado como modelo para una composición que debían hacer sus alumnos en relación a un artículo de publicado en la revista Estampa, en la que se contaban las peripecias de nuestro protagonista, que pasó de analfabeto a maestro, profesor mercantil, profesor universitario y finalmente abogado en el tiempo récord de diez años.
La crónica del banquete es enternecedora, propia de la época y según el ánimo con que se lea, divertidísima, pero nos da una idea de qué difícil y que meritorio era lo que consiguió nuestro compañero. Así que no me resisto a poner el enlace de la prensa histórica y aquel que le apetezca darle un vistazo, aquí la encontrará. El título es “Banquete a Don Benjamín Álvarez”.
Solo añadir un dato. Cuando el banquete se lleva a cabo, don Benjamín ya es el asesor jurídico de cinco sociedades mercantiles y tiene contratados a cuatro pasantes en su despacho.
Prácticamente la figura de Banjamín Álvarez se pierde en la vorágine de la guerra civil, salvo dos detalles sin mayor trascendencia. La prensa da cuenta de la absolución que consigue de una persona a la que defiende de un delito de asesinato -siempre se hace eco de su meritorio pasado desde analfabeto a abogado- y que en 1956 donó un sagrario y unos cuadros religiosos a la parroquia de su aldea de Riosa. Falleció en Madrid, el día de Navidad de 1972.
Hasta aquí la increíble historia de Benjamín Álvarez Suárez. Yo creo que hablar de ascensor social se queda corto, más acertados estaríamos si empleásemos la palabra milagro. Porque querido lector, estamos hablando de hechos sucedidos en los primeros años del siglo XX.
Para rematar el trabajo, me faltaba darle un vistazo al expediente de depuración del letrado y ver qué alegaba de su actuación en la guerra que transcurrió toda ella en Madrid. No sé decir si me sorprendió o no. De su lectura basta entresacar varias frases como “No he tenido destino ninguno, a pesar de haber sido requerido para formar parte del Equipo del Frente Popular”, “colaborando en la defensa de cuantos han sentido la causa nacionalista, gratuitamente,… por afinidad ideológica… en favor de los perseguidos por sus convicciones de derechas y religiosas…” Añade luego que se destruyó el Restaurante-Bar de su propiedad Puerto Príncipe en la carretera de La Coruña y que le incautaron dos coches turismo, lo que le supuso una gran pérdida económica.
Se dice que no hay nada más tonto que un obrero de derechas, pero también es verdad que fuera lo que fuera Benjamín Álvarez, se lo había ganado a pulso, sin tener que dar cuenta de sus actos absolutamente a nadie, así que no seré yo el que le desprecie, sino más bien al contrario el que le admire por lo que consiguió.
Hay varias fotos de Benjamín Álvarez que pueden completar este artículo. Existe una tomada en la mina, pero es de tan mala calidad que, sinceramente, no merece la pena ponerla, así que acompaña a este artículo una más clásica donde se le ve haciendo que trabaja y que queda de lo más digno para el fin propuesto de acompañar a éste artículo.
Espero que lo leído haya gustado. Yo, desde luego, he disfrutado haciéndolo y luego ya en la lectura para el último repaso, sobre todo porque no entraba en mis cálculos encontrarme con tamaño personaje.
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