Durante años hemos explicado la ciberseguridad sanitaria a través de dos riesgos principales: el robo de información sensible y la indisponibilidad provocada por ataques como el ransomware. Ambos siguen siendo críticos. Pero la digitalización de la asistencia y la llegada de sistemas de inteligencia artificial (IA) capaces no solo de analizar, sino también de actuar, introducen una tercera dimensión: proteger la confianza en lo que hacen los sistemas.
Una historia clínica inaccesible supone un problema evidente. También lo sería una identidad comprometida capaz de modificar información, una integración que entregue datos alterados o un agente de IA que, por una instrucción manipulada o permisos excesivos, ejecute una acción que nadie esperaba. La pregunta empieza así a cambiar. Ya no basta con saber si el sistema está disponible. Hay que saber si podemos confiar en él.
Dos velocidades, un mismo riesgo
La sanidad vive hoy en dos velocidades. Por un lado, sigue expuesta a fallos conocidos. En marzo de 2025, el Centre Hospitalier Départemental Stell, en Francia, sufrió un ransomware después de que un atacante explotara una antigua cuenta de administrador reactivada para una auditoría, con acceso VPN y una contraseña débil.
El caso recuerda que la sofisticación creciente de las amenazas no elimina la importancia de los fundamentos: identidad, privilegios, segmentación, vulnerabilidades, copias de seguridad y respuesta.
Al mismo tiempo, el entorno cambia. La Agencia de la Unión Europea para la Ciberseguridad (ENISA) mantiene en 2026 al sector salud dentro de la denominada “zona de riesgo”, donde la criticidad supera su grado de madurez, aunque esta haya mejorado. Y su último Threat Landscape, construido sobre incidentes observados durante 2025, vuelve a situar el ransomware entre las amenazas de mayor impacto inmediato.
Pero limitar la conversación al ransomware sería quedarse en la fotografía de ayer. A medida que hospitales y proveedores incorporan servicios cloud, dispositivos conectados, automatización e inteligencia artificial, crece también el número de identidades, dependencias y relaciones de confianza que deben protegerse.
Por eso, prevenir ya no basta. Muchas intrusiones comienzan con pequeñas anomalías: una credencial utilizada de forma extraña, una elevación inesperada de privilegios, una comunicación poco habitual o un movimiento lateral que, considerado aisladamente, puede parecer inocuo.
Detectar esas señales exige contexto. Aquí la propia inteligencia artificial puede convertirse en aliada de la defensa: correlacionando telemetría, enriqueciendo alertas, priorizando investigaciones y automatizando tareas repetitivas. Su valor no está en sustituir al analista, sino en multiplicar su capacidad para investigar y decidir con rapidez.
Cuando el software empieza a tomar decisiones
La cuestión cambia de escala con la IA agéntica. Un agente no se limita necesariamente a generar una respuesta. Puede consultar fuentes, utilizar herramientas, planificar tareas y ejecutar acciones con un grado creciente de autonomía. Cuanto mayor sea esa autonomía, más importante resulta saber qué identidad utiliza, a qué información accede, con qué permisos opera y qué está autorizado a hacer.
Conviene evitar el alarmismo. No estamos ante una oleada documentada de hospitales atacados por ejércitos de agentes autónomos. El cambio relevante es otro: los agentes pueden acelerar determinadas fases de un ataque y, al mismo tiempo, convertirse ellos mismos en una nueva superficie que proteger.
Si un agente accede a documentación clínica, correo, agendas, aplicaciones corporativas o herramientas de administración, no bastará con proteger el modelo de IA. Habrá que proteger también su identidad, el contexto que recibe, las herramientas que puede invocar y las acciones que puede ejecutar sin aprobación humana.
La inyección de instrucciones, el abuso de herramientas o una autorización excesivamente amplia adquieren entonces otra dimensión. No porque los principios defensivos sean nuevos, sino porque sí lo es el sujeto al que debemos aplicarlos.
Mínimo privilegio, separación de funciones, trazabilidad, autorización explícita y supervisión humana en operaciones sensibles llevan décadas formando parte de la seguridad. Ahora debemos extenderlos a entidades capaces de actuar en nombre de una persona o de una organización.
NIST está trabajando sobre identificación, autorización, auditoría y no repudio de agentes de software. OWASP ha dado un paso adicional con su Agent Control Standard, que plantea que los agentes empresariales deben ser inspeccionables, trazables y controlables en ejecución.
La importancia de vigilar la autonomía
Este cambio también obligará a evolucionar las operaciones de seguridad. Hasta ahora, un centro de operaciones de seguridad ha monitorizado principalmente usuarios, endpoints, servidores, aplicaciones, identidades y comunicaciones. A esa fotografía habrá que incorporar progresivamente agentes e identidades no humanas y, sobre todo, las acciones que ejecutan. Y no bastará con registrar que un agente actuó. Habrá que determinar si esa actuación era coherente con su función, su contexto y la autoridad delegada.
Un agente que consulta cientos de registros puede estar haciendo aquello para lo que fue diseñado. Ese mismo agente accediendo de repente a información que nunca había necesitado, utilizando una herramienta diferente o encadenando acciones fuera de su patrón habitual puede ser una señal temprana de compromiso o abuso.
La detección tendrá que avanzar desde la búsqueda de indicadores conocidos hacia una mayor comprensión del comportamiento. Eso exige combinar telemetría, inteligencia de amenazas, análisis contextual, automatización, ingeniería de detección e investigación humana.
Para muchas organizaciones sanitarias no será razonable desarrollar internamente todas esas capacidades. Combinar equipos propios con capacidades externas de monitorización 24×7, investigación, inteligencia y respuesta puede aportar profundidad y velocidad sin trasladar fuera la responsabilidad sobre el riesgo.
La clave no está en externalizar una responsabilidad. Está en garantizar una capacidad. Seguiremos necesitando copias de seguridad, segmentación, gestión de vulnerabilidades, planes de continuidad y procedimientos de respuesta. La IA no sustituye a los fundamentos; se construye encima de ellos.
Pero a medida que los sistemas dejan de limitarse a almacenar y presentar información y empiezan también a interpretar, recomendar y actuar, cambia lo que significa protegerlos. En un hospital ya no será suficiente con preguntarnos si un sistema está disponible. Tendremos que saber si podemos confiar en lo que hace. Y cuando la tecnología participa más en la atención, esa confianza también forma parte de la seguridad del paciente.
La entrada Cuando un ciberataque compromete la atención al paciente se publicó primero en Red Seguridad.