En los últimos años, pocos términos han colonizado con tanta fuerza el debate público y han generado tanta polarización como la sostenibilidad.
Convertida en bandera ideológica, ha quedado atrapada en una falsa dicotomía: o se defiende de forma acrítica como única solución ante una catástrofe inminente, o se banaliza y desacredita ignorando de forma sistemática la evidencia científica que sustenta la crisis climática.
Bajo estas circunstancias, abordar la cuestión con objetividad y serenidad se ha vuelto extraordinariamente difícil.
A esta tensión discursiva se suma que el orden geopolítico global atraviesa un periodo de inestabilidad estructural. Los equilibrios y relaciones tradicionales se tambalean y redefinen, avanzando hacia lo que parece un mundo multipolar que romperá con las dinámicas clásicas.
En este nuevo escenario, la autonomía estratégica y las medidas encaminadas a fortalecer la seguridad supranacional coparán el centro del debate europeo en los próximos años, relegando a un segundo plano al resto de cuestiones hasta ahora más protagonistas.
El impacto positivo y su evolución
Este cambio de contexto obliga a repensar el propio significado del impacto. El impacto positivo -término que preferimos utilizar por su radio de influencia más amplio- ya no debe limitarse a la generación de beneficios sociales o medioambientales.
Para seguir siendo relevante deberá, ineludiblemente, contribuir a la autonomía estratégica y generar valor tangible para las organizaciones, ya sea a través de la rentabilidad económica o del fortalecimiento de activos estratégicos.
Si analizamos la evolución del impacto positivo a nivel corporativo, pueden identificarse tres grandes etapas.
La primera, claramente filantrópica, se caracterizaba por una escasa integración en la estrategia empresarial, recurriendo con frecuencia a fundaciones como vehículos diferenciados.
La segunda -aún vigente- surge del llamado tsunami regulatorio. La sostenibilidad se institucionaliza, se homogeneiza y se mide. Aunque este marco común es necesario, ha implicado destinar una gran parte de los recursos a iniciativas de reporte con menor impacto “real”.
Y la tercera etapa, que hoy empieza a consolidarse, demuestra empíricamente que impacto y creación de valor pueden coexistir: proyectos que generan retornos económicos mientras producen beneficios sociales y medioambientales dejan de ser la excepción.
No obstante, antes de que esta fase alcance plena madurez, las dinámicas geopolíticas globales aceleran la transición hacia una cuarta etapa, donde las prioridades se redibujan, dando mayor protagonismo a cuestiones como la defensa, la autonomía en la extracción y el procesamiento de recursos críticos -energía, materias primas o tierras raras-, la robustez de las cadenas de suministro, la retención y atracción de capital humano, etc.
Por este motivo, al clásico trinomio rentabilidad-riesgo-impacto que ha servido para evaluar iniciativas sostenibles será necesario añadir una cuarta dimensión: su contribución a la autonomía estratégica. Y es que las actividades capaces de generar valor simultáneo en estos cuatro ejes concentrarán recursos, inversión y respaldo político.
Así, el impacto deja de ser un “extra reputacional” para convertirse en un factor de competitividad sistémica.
Economía circular como soberanía económica
La economía circular ilustra bien este cambio de paradigma. Ya no opera únicamente como vector de desmaterialización, sino también como herramienta de autosuficiencia material. En el sistema económico global, la dependencia del comercio exterior es más significativa que nunca. El aperturismo que en un momento fue el impulso del mayor crecimiento económico en la historia, ahora se convierte en un arma arrojadiza política que se percibe como una vulnerabilidad estratégica.
En los próximos años, se priorizará reducir la dependencia de terceros países para asegurar el abastecimiento de materias críticas y garantizar la soberanía y autosuficiencia en la cadena de suministro.
Los datos avalan esta oportunidad. Según el Circularity Gap Report 2024 de Circle Economy, apenas un 7% de la economía global es hoy circular. Sin embargo, estimaciones de Resortecs apuntan a que la adopción masiva de modelos circulares en sectores clave podría generar hasta 25 billones de dólares adicionales de valor económico antes de 2050.
De tal manera que circularidad ya no es sólo sostenibilidad; es soberanía económica.
En paralelo, la soberanía energética ha dejado de ser un debate técnico para convertirse en una cuestión de seguridad nacional -y supranacional-. La guerra en Ucrania y el reposicionamiento estratégico de Estados Unidos en torno al petróleo y las fuentes de energía hacen imposible seguir ignorando la necesidad europea de asegurar nuestra soberanía energética y reducir la exposición a la inestabilidad geopolítica.
Tras años de inversión en energías limpias, este escenario internacional no invita a retroceder, sino a acelerar hacia un modelo basado en un mix multi energético -moléculas verdes, nuclear, solar o eólica- que reduzca dependencias externas y amortigüe shocks geopolíticos.
Algo similar ocurre con el agua y los recursos alimentarios. Invertir en infraestructuras y en la salud de los ecosistemas es crucial para garantizar la solvencia futura de activos críticos como el agua y preservar la productividad agrícola y ganadera, pilares de la estabilidad alimentaria de cualquier región a largo plazo.

Aunque la emergencia climática vaya a perder centralidad en el debate político, sus efectos económicos no harán sino continuar intensificándose. Según se desprende del Climate & Catastrophe Insight 2025 de AON, el número de eventos climáticos extremos con daños superiores a 1.000 millones de euros se ha multiplicado por 2,5 desde el año 2000.
Más preocupante aún: el 56% de las pérdidas globales no están aseguradas. Por ello, será imprescindible no sólo seguir invirtiendo en mitigación, si no poner el foco en la adaptación si queremos proteger nuestra estabilidad política y asegurar el bienestar socioeconómico.
Porque en el nuevo orden global, no habrá sostenibilidad sin autonomía estratégica.
Jaime Leyun es strategy lead de Neture.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.
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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».
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