• 19/02/2026 12:53

El territorio no se ordena: se entiende. Por Olivia Cerdeiriña

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Según el Diccionario de la Lengua Española, territorio es, básicamente, una porción de superficie, un ámbito de actuación, un lugar concreto o —en etología— un área defendida por una especie.

Permítanme unas líneas para reflexionar, por favor, entorno a ello, porque, desde mi punto de vista, en 2026 seguir entendiendo el territorio solo como espacio es uno de los grandes errores estructurales de la política pública, de la planificación y, muy especialmente, de la gestión ambiental y agraria.

Y es que definir el territorio como una superficie facilita gestionarlo como un objeto, un plano, una parcela, un suelo… y cuando el territorio se convierte en objeto, deja de percibirse como sistema vivo y pasa a ser un soporte pasivo sobre el que se colocan infraestructuras, normativas, proyectos y decisiones, como si no reaccionara, como si no tuviera memoria, como si no tuviera límites biofísicos.

En el campo esto se ve con una claridad brutal. Quien trabaja con suelo sabe que una finca no es una unidad espacial. Es una red de microbiología, de flujos de agua, de vegetación espontánea, de manejo humano, de decisiones económicas, de conocimientos locales, de errores heredados y de potencial latente.

Es una historia ecológica en curso.

La RAE habla de superficie cuando la realidad habla de procesos. Aquí aparece la diferencia entre territorio administrativo y territorio socioecológico. El primero termina en un límite legal. El segundo continúa en la cuenca hidrográfica, el corredor biológico, la red de caminos, la continuidad agraria, la estructura del paisaje, la viabilidad de las explotaciones y la salud del suelo.

La naturaleza no entiende de términos municipales, pero nuestras políticas sí, y luego nos sorprende que no funcionen.

Hay una acepción de la RAE que resulta casi irónica: Territorio como área que una especie defiende frente a otras. Curiosamente, es la única definición que introduce una idea fundamental: el territorio ligado a funciones vitales (al alimento, al refugio, a la reproducción, a la supervivencia…), exactamente lo mismo que ocurre con las comunidades humanas.

Pero cuando hablamos de ordenación del territorio, de planeamiento urbano o de desarrollo rural, esa dimensión vital desaparece. Todo se convierte en usos: uso residencial, uso industrial, uso agrícola… Como si el territorio fuera un mueble al que se le cambia la etiqueta.

Pero el territorio no se usa, se coconstruye.

La agricultura regenerativa, la custodia del territorio, la restauración ecológica o el diseño agroecológico tienen en común una realidad incómoda para muchos modelos de gestión: El territorio responde (responde a cómo se maneja el agua, cómo se pisa el suelo, cómo se poda un árbol, cómo se diseñan los accesos, cómo se distribuye la carga ganadera y cómo se decide qué se abandona y qué se cuida). Porque el territorio no es neutral, no es intercambiable y no es infinito.

Cuando el territorio se reduce a suelo, se empobrece la política, porque se legisla sin comprender los sistemas, se diseñan planes sin indicadores ecológicos reales, se habla de sostenibilidad sin tocar el modelo productivo, se invierte en infraestructuras sin invertir en conocimiento local, se protege el paisaje pero no el sistema que lo mantiene. Es una ecología de escaparate.

Custodiar territorio no es conservarlo intacto, es acompañar procesos, es sostener actividades humanas compatibles con la regeneración de los sistemas naturales, es permitir que el territorio siga siendo productivo, habitable y resiliente, y esto exige un cambio profundo en cómo definimos la palabra.

Olivia Cerdeiriña es bióloga y consultora en paisaje y territorio.

Propongo algo: Dejar de hablar de territorio como espacio, y empezar a hablar de territorio como un sistema vivo de relaciones ecológicas, sociales y productivas que se desarrollan en un espacio concreto y en un tiempo concreto, con historia, con conflictos, con límites, con capacidad de regeneración y también con capacidad de colapso.

El gran reto no es ordenar el territorio, es aprender a leerlo, y mientras sigamos definiéndolo solo como superficie, seguiremos gestionando síntomas: incendios, despoblación rural, degradación del suelo, pérdida de biodiversidad, crisis del agua, paisajes cada vez más frágiles.

Más que una crisis de espacio, es una crisis de relación con el territorio, y esa relación empieza, siempre, por las palabras.

Olivia Cerdeiriña es bióloga y consultora en paisaje y territorio.

 

 


 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.

 

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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».

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