El «invasivorismo», o lo que es lo mismo, el consumo de especies invasoras, no es una estrategia eficaz para frenar su expansión porque, en la mayoría de los casos, permitir su comercialización genera incentivos para mantenerlas en lugar de erradicarlas, según la investigación llevada a cabo por un grupo internacional de científicos liderado por la Estación Biológica de Doñana–CSIC.
Las especies invasoras son una de las principales amenazas para la biodiversidad, los ecosistemas, la economía y el bienestar humano. Una vez establecidas en el medio, el control de sus poblaciones se convierte en una tarea altamente compleja y, en muchos casos, prácticamente inabarcable.
Entre las opciones para su gestión y control, figura la «creciente tendencia» a promocionar su explotación comercial.
Cuando el problema se convierte en negocio
Las conclusiones del trabajo de investigación han sido publicadas en un artículo en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences en el que advierten de que el «invasivorismo» no constituye una solución fiable al problema de las invasiones biológicas.
De hecho, afirman, en la mayoría de los casos, los intereses económicos asociados a estos enfoques tienden a perpetuar o agravar la problemática.
El «invasivorismo» se basa en la idea de que el consumo de una especie invasora genera riqueza al tiempo que se minimizan sus impactos (por ejemplo, en el medio de vida de pescadores de especies autóctonas cuya población cae por la invasora), ha explicado Fran Oficialdegui, investigador de la Estación Biológica de Doñana y autor principal del artículo.
Sin embargo, «la realidad es mucho más compleja y, en muchas ocasiones, cuando el problema se convierte en negocio, surge una resistencia a acabar con el mismo», ha advertido.
Cangrejo rojo, pez león o jaiba azul
En los últimos años, las campañas que fomentan el consumo de invasoras han ido ganando repercusión promovidas por administraciones, empresas e, incluso, entidades conservacionistas.
Lemas como «Si no puedes con ellas, ¡cómetelas!” se han puesto de moda como estandarte de iniciativas mediáticas que promueven el aprovechamiento de especies invasoras como el pez león, el cangrejo rojo de las marismas, el coipú, la carpa asiática o la jaiba o cangrejo azul.
En todos los casos, esa comercialización se presenta como una forma de gestión sostenible de un problema ambiental.
Sin embargo, los objetivos de la explotación comercial y de la gestión de especies invasoras son, en la mayoría de los casos, opuestos, según Oficialdegui, que ha añadido que, aunque pueden fomentar la concienciación social sobre el problema que representan, «no existen ejemplos relevantes que demuestren su efectividad».
Cuando el medio de vida depende de la explotación de estas especies, deja de interesar reducir sus poblaciones porque esto supone una reducción de los ingresos. En algunos casos, esto ya ha provocado consecuencias no deseadas, como restricciones en las medidas de control para permitir que las poblaciones invasoras se recuperen, ha afirmado.
El cangrejo de Kamchatka
El artículo pone como ejemplo el caso del cangrejo de Kamchatka (Paralithodes camtschaticus), una especie que la Unión Soviética introdujo en el Mar de Barents en la década de los 60 y que generó una notable invasión.
Intensamente explotado y comercializado desde entonces (en España se vende como patas rusas), cuando la población invasora empezó a mostrar síntomas de sobreexplotación, es decir, cuando se hubiesen podido minimizar sus impactos, se establecieron limitaciones a la pesca para garantizar la sostenibilidad de la actividad comercial.
«Es muy probable que escenarios similares al del cangrejo de Kamchatka se den en la península ibérica cuando, una vez asentada la explotación comercial de la jaiba azul (Callinectes sapidus), haya declives en su población», alerta Oficialdegui.
Gestión basada en la ciencia
Para los autores del artículo, la explotación comercial de las especies invasoras puede ser una opción aceptable en determinados contextos, particularmente en especies que ya son abundantes y están ampliamente distribuidas, y para las que no existen opciones viables de control o erradicación.
«Eso no significa que sea una solución mágica. En realidad, no es ni siquiera un intento de solución, dado que no puede considerarse una estrategia de gestión en sí mima», ha subrayado el experto.
Una estrategia de gestión encaminada al control de una invasora, según el estudio, requiere de conocimiento ecológico enmarcado en un contexto socio-económico y que permita plantear objetivos de reducción de distribución y abundancias evaluables mediante indicadores apropiados.
Por ello, los autores llaman a la cautela a la hora de promover el «invasivorismo» y urgen a desvincular esa promoción de acciones de la conservación de la biodiversidad.
«Abordar las invasiones biológicas requiere compromiso a largo plazo, conocimiento científico y políticas coordinadas. Las soluciones simples resultan atractivas, pero rara vez resuelven problemas ambientales complejos», concluyen los investigadores. EFEverde
atm
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