La edición genética basada en CRISPR/Cas ha pasado de ser una promesa lejana a convertirse en una herramienta concreta que ya está cambiando la forma de hacer mejora vegetal.
Hoy, la cuestión ha dejado de ser si usar CRISPR y ha pasado a ser cómo integrarlo de manera científica, responsable y socialmente aceptable, de modo que se obtengan variedades más resistentes y resilientes al clima sin generar impactos socioambientales evitables.
En los últimos años se han publicado resultados que muestran con claridad el potencial de CRISPR para generar resistencias duraderas y tolerancia a estresores abióticos.
Hay trabajos que describen, por ejemplo, ediciones dirigidas en trigo que aportan resistencia a enfermedades fúngicas importantes sin penalizar el rendimiento, y otros estudios muestran cómo esta tecnología acelera la identificación y ajuste de genes involucrados en tolerancia a sequía, salinidad o temperaturas extremas.
Frente a la mutagénesis aleatoria o a los largos ciclos de cruzamiento tradicional, estas intervenciones permiten ir más rápido y con mayor precisión sobre los rasgos de interés.
Avanzar con cautela
Desde el punto de vista práctico, los beneficios potenciales son claros: se podrían reducir pérdidas por patógenos emergentes, disminuir el uso de plaguicidas y adaptar mejor los cultivos a microclimas cambiantes.
Sin embargo, la edición genética no elimina los límites técnicos y científicos, y obliga a avanzar con cautela: pueden aparecer efectos pleiotrópicos inesperados, las interacciones gen–ambiente siguen siendo complejas, los patógenos pueden adaptarse a resistencias monogénicas y se necesitan ensayos en múltiples ambientes y a mediano plazo para asegurar estabilidad fenotípica.
El marco regulatorio internacional sigue siendo muy heterogéneo y se mueve rápido.
Hay países, como Argentina, que prácticamente eximen de regulaciones más estrictas ciertos cambios pequeños, mientras que la Unión Europea mantuvo durante años una lectura más estricta, ubicando distintas formas de mutagénesis dentro del alcance de la normativa de organismos modificados genéticamente.
Más recientemente, la UE ha propuesto revisar su normativa para incluir categorías específicas de “nuevas técnicas genómicas” (NGTs), que podrían flexibilizar los requisitos para algunos eventos, mientras que en Estados Unidos se han dado cambios regulatorios y litigios que afectan el alcance de las normas federales.
Para quien asesora a empresas o instituciones, todo esto se traduce en la necesidad de hacer una “regulatory intelligence” constante, preparada para distintos escenarios regionales.
Cuestiones éticas en el uso de CRISPR
A la par de los debates científicos y legales, hay cuestiones éticas y de gobernanza que no se pueden dejar de lado.
Entre ellas destacan la equidad en el acceso a la tecnología, el riesgo de que el conocimiento quede concentrado en pocas corporaciones o países, la soberanía de las semillas de comunidades locales, la transparencia de los procesos de innovación y el consentimiento informado de las poblaciones que serán directamente afectadas.
También se insiste en evaluar impactos socioeconómicos y diseñar mecanismos de reparto de beneficios, sobre todo cuando se trabaja en sistemas con pequeños productores vulnerables.
En paralelo, persisten preocupaciones agroecológicas, como la posible introducción de cambios indeseados en poblaciones silvestres o efectos sobre la diversidad genética, lo que obliga a contar con marcos claros de evaluación de riesgo y planes de mitigación.
CRISPR y otras técnicas de nueva generación ofrecen una palanca poderosa para enfrentar los desafíos de la sanidad vegetal y la adaptación al cambio climático, pero su fuerza tecnológica no elimina la necesidad de responsabilidad.
La comunidad científica, reguladora y productiva tiene por delante la tarea de tender puentes entre la frontera del conocimiento, las normativas vigentes y las realidades socioeconómicas concretas.
En ese camino, CRISPR deja de ser solo una promesa para convertirse también en una responsabilidad compartida.

Europa y África disponen hoy una ventana de oportunidad para pensar y construir en conjunto el futuro agrícola.
La edición genética no reemplaza el conocimiento local, la agroecología ni la mejora clásica; más bien, las complementa, las acelera y permite ajustar con más precisión los rasgos deseados.
En definitiva, CRISPR impulsa un salto tecnológico, pero al mismo tiempo obliga a una reflexión ética profunda sobre qué tipo de sistemas agroalimentarios se quiere promover: más robustos, más inclusivos y preparados para un clima que seguirá cambiando durante décadas.
El momento para tomar decisiones informadas es ahora, y la discusión ya no pasa por si se deben usar estas tecnologías, sino por cómo, con quién y bajo qué condiciones se las pone al servicio del bien común.
José Ángel Carrillo es ingeniero agrónomo en Incatema, especialista en nuevas tecnologías y transformación digital agroindustrial.
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Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.
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La entrada Biotecnología agrícola y edición genética (CRISPR): hacia cultivos más resistentes, con prudencia ética y regulatoria. Por José Ángel Carrillo se publicó primero en EFEverde.