José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

A decir verdad, el título es en este caso un poco lo de menos. Robustiano Sánchez Marroquín, es como muchos de los que van apareciendo, un personaje hoy día desconocido, que fue casi más periodista que abogado, aunque por lo que he visto, no se desenvolvió ni mucho menos mal en el foro, cuando tuvo que cambiar la pluma por la toga.
Nacido en Santiago de Compostela, donde estudió Derecho, se colegió en Madrid en 1892, a la tardía edad de cuarenta y un años, siendo ya un periodista reputado que había colaborado en “El Eco de la Democracia”, “La Justicia Federal”, “El Reformista”, “La Broma” y “La Correspondencia Imparcial”, llegando a ser redactor jefe de “El Diario Español”. Otra digresión de las mías, ¡qué bonitas eran las cabeceras de los periódicos a principios del siglo XX!

Ya esos títulos -por cierto, tan abundantes en número durante finales del siglo XIX y principios del XX- nos dan una idea del perfil de nuestro protagonista de hoy, persona con sólidas ideas republicanas. Su hermano José -también abogado- fue alcalde de Vivero, siendo destituido al ser acusado de estafa y por esa razón, tener que exiliarse a Argentina allá por 1895.
Así que, sin comerlo ni beberlo, nuestro amigo Robustiano -que pena no tener una foto de él que llevarnos a la boca y poder comprobar si hacía honor al nombre- se vio metido en una serie de procesos y juicios derivados de su labor periodística, donde la prensa republicana y federalista se las veía, día sí, día también, con los Tribunales, en muchos casos de la jurisdicción militar. Desgraciadamente, por mucho que he buceado en las hemerotecas de la época, no he podido precisar en qué follón exacto le estaban buscando las vueltas, pues había varias situaciones que eran firmes candidatas, pero, como no tengo la certeza de cual, he preferido abstenerme, máxime cuando sea la que fuese, no afecta a la moraleja de la historia.
Nos vamos pues, a una Junta de Gobierno del ICAM que se celebró el 17 de julio de 1916. En ella el Diputado José Martínez Acacio da lectura a un sesudo dictamen sobre la solicitud del Letrado señor Sánchez Marroquín. De ese informe se infiere que nuestro protagonista ha pedido, mediante instancia, el auxilio de su Colegio. De esta solicitud, la Junta extrae las siguientes conclusiones: en primer lugar, que ha sido procesado por actos realizados en el ejercicio de sus funciones. No se dice si periodísticas o actuaciones judiciales derivadas de lo primero, pero yo me inclino por las segundas, pues no me parece muy concebible que el Colegio ampare actos que hubiera realizado únicamente como periodista. Considera la Junta, por lo tanto, que es procedente se auxilie al compañero defendiéndole en el proceso penal. Así, considera que “…sobre el supuesto de que sean rigurosamente exactos los hechos consignados por el Señor Sánchez Marroquín, acordó a propuesta del Señor Decano, lo siguiente: que el procesamiento y acusación de dicho letrado en la causa y por los motivos de referencia, obligan a la Junta a defenderlo… a poner en conocimiento del Excmo. Señor Fiscal del Tribunal Supremo, la solicitud del Colegiado con el dictamen y acuerdo recaído, por si estima conveniente dar instrucciones al de esta Audiencia en el sentido de retirar o modificar la acusación.”
Finalmente, tanto el decano como los restantes diputados deciden ofrecerse a Sánchez Marroquín para que este designe a aquel que deba llevar su defensa en el acto del juicio y en la forma que la Ley determina.
Hasta aquí todo transcurre con una cierta normalidad. En el final del siglo XIX y hasta la guerra civil, no era extraño que el decano o algún miembro de la Junta, especializado en la materia que se tratase, asumiese la defensa de un colegiado; pero mira tú por donde en una Junta de 27 de diciembre de 1916 se da cuenta de la decisión tomada por el mismísimo decano de hacerse cargo de la defensa de Robustiano Sánchez Marroquín en el juicio oral que debía celebrarse.
Nuevamente, todo normal, pero… ¿qué sucede cuando al decano le nombra Su Majestad el Rey presidente del Gobierno de la nación? Pues en este caso pasa que un poco antes, en uno de los Gobiernos presididos por el Conde de Romanones, el 23 de diciembre de 1916 se había dictado una Ley de Amnistía para los delitos de opinión y otras materias, complementaria de otra ley previa de 1914.
Y en estas estamos cuando, el 19 de abril de 1917, Manuel García Prieto sucede a Romanones. El 10 de mayo, se celebra Junta de Gobierno, bajo la presidencia del Diputado 2º, en funciones de Decano y se dice así: “En primer término acordó que constara en acta, que en nombre y representación del Colegio había felicitado a nuestro Ilustre y querido Decano, por su elevación a la Presidencia del Consejo de Ministros, y además su viva satisfacción, tanto por haber merecido ese alto honor, persona con quien nos unen estrechos vínculos de compañerismo, cariño y respeto, porque como llevado de su amor al Colegio había accedido a no renunciar al cargo, en cuyo ejercicio si bien no podría por ahora continuar con una actuación directa y tan solícita como antes, había de encontrar modo y forma de seguir prestando su valioso concurso a nuestra Corporación”. Y vaya si lo encontró, añado.
En el mismo lote, por decirlo así, “la Junta hizo constar en acta su satisfacción por el nombramiento de ministro de la Corona, que había recaído en el Señor Don Martín Rosales y Martel, Diputado primero de esa Junta”. En efecto, fue nombrado ministro de Fomento, aunque antes fue Alcalde de Madrid y decano del Colegio justo antes de García Prieto.
Y claro, yo me barrunto que el Señor Decano había encontrado el modo y la forma de seguir prestando su “valioso concurso”. En la misma Junta que acabamos de citar, aparece medio escondido un párrafo donde se dice que “la Junta quedó enterada de una comunicación del Excelentísimo Señor Fiscal del Tribunal Supremo dando cuenta del dictamen emitido por el de la Audiencia a favor de que se considere comprendido dentro de la ley de amnistía el hecho que originó la causa seguida al Colegiado Señor Sánchez Marroquín.”
En los escasos veinte días que median entre el nombramiento de García Prieto y la constancia de que se ha aplicado la amnistía a Sánchez Marroquín, ha dado tiempo a que el Fiscal del Tribunal Supremo ordenase hacer un informe al de la Audiencia y que se entienda por amnistiado el presunto delito del que se le acusaba y por el que iba a ser juzgado. Este tema desaparece ya de las actas de la Junta de Gobierno y nuestro colega terminaría falleciendo en Madrid unos años más tarde, en 1920.
Desconozco si he tratado un tema interesante, sensible o siquiera importante, me temo que no -aunque confío haber sido al menos ameno- pero la verdad es que, cuando percibí las peculiaridades del asunto, me vino a la cabeza la circunstancia de un García Prieto nombrado Presidente del Gobierno y que a la vez, siguiera siendo decano, que fuera a defender a un colegiado y que, justo antes, la Fiscalía resolviera sobre la amnistía en un tiempo récord; pero claro, tengo oído por ahí, no hace mucho, que el Fiscal depende del Gobierno, ¿o acaso no era así? A veces creo que estoy muy mayor y la memoria me hace flacos favores.
Mira que he buscado con mucho interés y dedicación una fotografía de Robustiano Sánchez Marroquín, pero sin éxito. He buceado en internet, he pedido ayuda a San Google y finalmente, he intentado obtener alguna foto tomada de la prensa de la época; suelen ser de mala calidad, pero siempre algo es mejor que nada. No he tenido suerte así que, como autopenitencia voy a revelar uno de mis trucos de magia que utilizo para contrastar cualquier información que poseo cuando tengo dudas y que ofrezco al lector, porque es posible le sea de utilidad a más de uno.
Aquel que quiera leer artículos o revistas antiguas desde principios del siglo XIX, les facilito estos dos enlaces:
- bne.es
- mcu.es
Encontrarán cosas bien curiosas.
Y ya termino: a falta de foto, aporto la firma del amnistiado periodista y escritor Robustiano Sánchez Marroquín, del que, finalmente, me he quedado con las ganas de saber si, por su complexión, hacía honor a su nombre o no.
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