José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

Picasso decía que, cuando te visiten las musas, ojalá te pillen trabajando. Yo, desde luego, no me quiero comparar al pintor malagueño -aunque tengo otros preferidos- pero, como quiera que estas dignas señoritas han llamado a la puerta de mi intelecto, vamos a ver qué es lo que sale.
Ya he escrito más de una vez que mis personajes pareciera que cobran vida propia y que soy consciente de cómo empiezo a escribir el cuento, pero no cómo se termina la historia. Este puede ser uno de los casos más evidentes; pero ya lo veremos.
En la tarea, no voy a decir odiosa -en realidad me encanta-, de bucear en los libros de actas del Colegio de Madrid, te puede aparecer lo que menos te esperas. Es un poco como las películas de la serie Narnia, que abres un armario ropero y, detrás de las puertas, te encuentras poco menos que un universo paralelo.
Un pequeño pedazo de ese universo, muchas veces desconocido es el que hoy vamos a desentrañar.
La abogacía, ¿a qué negarlo?, está llena de grandes nombres: políticos, juristas, legisladores y también de las profesiones más variopintas que uno imaginarse pueda. Igualmente es verdad que escribir sobre abogados que han sido figuras referentes en la historia de España podrá tener mayor o menor dificultad, podrás entrar a mostrar temas que agraden a todos o al revés y podrás juzgarles de forma que encuentres quien comparta tu opinión y quien la rechace.
Pero, por lo menos, hay documentación sobre la que escribir; puedes navegar por el ciberespacio y encontrar biografías, opiniones, fotos… en fin, material abundante que te permite hacer el trabajo literario que te has propuesto con dignidad y abundancia de fuentes.
Pero ¿qué sucede cuando algo te llama la atención y el abogado protagonista es un perfecto desconocido? Pues que la cuestión, en principio, no pinta nada bien. Por lo tanto, con poquito mimbre te ves en la obligación de hacer el cesto que mejor puedas y confiar en que tus lectores lean el siguiente artículo con simpatía y no se den de baja inmediatamente de tu círculo de lectores.
De todos modos, me gustaría hacer un pequeño aviso a los navegantes, que quiero dejar ya establecido para el futuro. No voy a hacerme trampas en el solitario. Cuando se trate de personajes desconocidos, donde casi la totalidad de los lectores no buscarán como refutar lo que digo, proclamo desde este momento, mi compromiso de no inventarme nada, aún a sabiendas que lo más probable es que cualquier mentira o exageración o exageración que suelte, lo más probable es que cuele. Lo que afirme o niegue, tendrá su base documental y si me arriesgo con alguna conjetura, lo diré con antelación.
En la búsqueda de material para intentar que el lector pase un rato sosegado leyéndome, se buscan temas interesantes que puedan llamar la atención por su interés, profundo o no; pero hay veces en que lo que se nos viene encima es algo mucho más ligero que nos provoca, al menos, una sonrisa y nos lleva a pensar en otros tiempos, quien sabe si mucho más divertidos.
Y, mira por dónde, me he topado con dos historias, una relativamente graciosa y la segunda todo lo contrario.
El 30 de septiembre de 1910, en Junta de Gobierno, se da cuenta de que un magistrado de la Audiencia Territorial de Valladolid denunciaba por carta al decano que, en los programas de las corridas de toros celebradas en esa ciudad, se había anunciado como abogado del Ilustre Colegio de Madrid al novillero don Antonio Lobo. Claro está, la Junta, con la diligencia a la que nos tiene acostumbrados, “acordó dirigirse de inmediato a los Directores de los periódicos de mayor circulación de esta Corte, rogándoles den la noticia de que dicho novillero no pertenece a este Colegio”.

Hechas por mi parte las pertinentes averiguaciones, efectivamente, Antonio Lobo González existió; fue un novillero que debutó en San Sebastián en 1908 y en su carrera taurina nunca llegó a tomar la alternativa, retirándose en 1916 y quedando para la historia de la tauromaquia como “novillero corriente que más que novillero parecía deportista”. El caso es que, siendo de familia acomodada y natural de Valencia de Alcántara, cursó estudios de Derecho, y los terminó, pero nunca se colegió en Madrid. ¿Se arropó con un título que no poseía? Pues parece ser que sí. Lo que es obvio es que, a la hora de anunciarse, resulta mejor decir que uno es abogado que no licenciado en Derecho. A fin de cuentas, esas sutilezas las conocemos, generalmente, los que nos dedicamos a esta profesión y no el pueblo llano que tiene otras cosas de las que ocuparse.
Yo creo que, si hubiera querido hacerse publicidad agresiva, más le habría valido llevar birrete en lugar de montera y anunciarse como “El niño de la Toga” o algo similar.

La segunda historia es infinitamente más dramática, por no decir más que triste, y arranca en una Junta a finales de 1919 donde el secretario informa que “…se tiene noticia de haber sido condenado en Francia por el delito de inteligencia con el enemigo el Colegial Don Carlos Ramos Izquierdo… la Junta acuerda dar al Señor Decano un amplio voto de confianza, para que después de realizar las oportunas averiguaciones sobre la certeza del hecho y sus causas, solicite o no el indulto en nombre del Colegio, según sea procedente”.
Con este mimbre tan escaso, me propuse hacer un cesto, aunque fuese pequeño, y a fe que creo haberlo conseguido, aunque el transcurso de los años va borrando y difuminando casi toda la información.
En primer lugar, llegar a conocer que su nombre completo era Carlos Ramos-Izquierdo y Beruete, que había nacido en San Fernando (Cádiz), que su padre era marino de guerra y que se colegió en Madrid en 1904 con el número 9.125. He podido averiguar también que tuvo por suegro a Enrique Arroyo Rodríguez, diputado liberal en numerosas ocasiones por Alicante; y que en julio de 1914 le detuvo la policía en Barcelona por atacarla mientras daba gritos a favor de Canalejas y contra Lerroux. Le redujeron y era tal su excitación que hubo que ponerle una camisa de fuerza. Y nada más encontré, pero de repente…
Permítaseme una pequeña digresión. En 1969, Henry Charrière publica su novela autobiográfica Papillon. Recuerdo perfectamente la entrevista que le hizo José María Iñigo. Es muy posible que muchos de los que lean esto hayan leído el libro y muchos más los que habrán visto la película protagonizada por Steve McQueen y Dustin Hoffman. Pues bien, mira tú por donde, ha aparecido un “Papillon” español que, por más señas, era abogado del Ilustre Colegio de Madrid. ¡Ahí es nada!
En el expediente personal del abogado aparece una carta manuscrita en siete cuartillas, dirigida al decano y fechada el 15 de enero de 1930. En ella, afirma haber sido condenado a veinte años de trabajos forzados por un Tribunal de Bordeaux, por el crimen de “intelligence avec l’ennemi”, pena que le fue indultada a los diez años, pero “sujeto a residir toda la vida en esta infame Colonia que es la Guyanne”. Afirma haber coincidido cinco años con el capitán Dreyfuss en la Isla del Diablo, donde recluían a los presos políticos y espías. La dureza de la carta al decano es tremenda: “Os escribo con mi mano izquierda. Mis penas, privaciones y sufrimientos me causaron una Embolia cerebral, que sin cura ninguna me deja impedido para siempre. Abandono inhumano de los Doctores de la Administración Penitenciaria; terribles los tormentos que me aplicaron cuando fui detenido el mes de enero de 1917, para hacerme declarar”.
Sigue luego contando sus peripecias por la Guayana Holandesa, de la que es expulsado nuevamente a la francesa y dice más adelante: “Sobre mis hijos, desde 1917 nada se de ellos. Estoy preparando mis memorias que enviaré a un diario de Madrid; las que titularé Grandeza y Decadencia. En ellas haré saber las infamias, cobardía e iniquidades que conmigo se han cometido desde que nací…”
Finalmente, pide al decano interceda ante el embajador español en París, Quiñones de León -gran amigo de Alfonso XIII y protector del rey en su exilio francés- para que las autoridades francesas le permitan regresar a España.
No he logrado saber más. Me temo que es lo que me sucederá en más de una ocasión. No sabremos por qué le condenaron, si fue justo o no; ni si consiguió regresar a España y reincorporarse al Colegio; pero el testimonio al que he tenido acceso es tan impactante que no he podido menos que reproducirlo, siquiera parcialmente.
Desde luego, y para terminar, habrá que reconocer que esta profesión nuestra se presta, a veces, para las cosas más peregrinas: da igual un jurista novillero, que un abogado antecesor de todo un Papillon.
Del “Niño de la Toga” he podido conseguir una foto de razonable calidad; no así de Ramos-Izquierdo, pero, en todo caso, creo que es incluso preferible reproducir la primera página de su carta al decano.
Las Musas y yo agradecemos la atención prestada, que lo contado haya sido de su agrado y nos despedimos, no ya con un párrafo de gracias, sino sencillamente diciendo gracias y hasta la próxima cita.
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