Cuando ocurren tragedias ferroviarias como las de Adamuz y Rodalies, lo primero que corresponde no es el debate, sino el respeto: a las víctimas, a sus familias, a los heridos y afectados, y a quienes han intervenido en la emergencia. En esos primeros momentos, cualquier palabra pesa. Y precisamente por eso, la palabra pública debe sostenerse sobre dos pilares: humanidad y rigurosidad.
Desde la ingeniería forense conviene recordar algo esencial: un accidente no es un relato, es un hecho técnico complejo. La sociedad tiene derecho a saber qué ocurrió, pero ese derecho no se satisface con intuiciones ni con hipótesis lanzadas al vuelo. Se satisface con un proceso metódico, independiente y transparente. La investigación técnica —cuando se realiza con garantías— no es un espectáculo: es una disciplina de precisión que avanza con una lógica sencilla y exigente: primero los datos, después las conclusiones.
Por eso es aventurado opinar sobre causas y circunstancias sin una evaluación minuciosa. En un siniestro ferroviario confluyen capas que se influyen entre sí: infraestructura (vía, balasto o placa, aparatos de vía, drenajes, terraplenes, puentes, muros, taludes), material rodante (ejes, ruedas, bogies, frenos), operación (velocidades, señalización, enclavamientos, comunicaciones), y condiciones externas (meteorología, geotecnia, entorno). Rara vez hay “una” causa. Con frecuencia hay una cadena: un mecanismo inicial, una progresión, y varias barreras que no funcionaron o no existían.
La evidencia
La ingeniería forense trabaja justo ahí: no en el “qué me parece”, sino en el qué demuestra la evidencia. El escenario debe preservarse, documentarse y medirse; los restos se analizan como testigos materiales; los registradores y sistemas aportan cronologías; las deformaciones, huellas y roturas cuentan una historia física. Se revisan mantenimientos, inspecciones, procedimientos, comunicaciones, historial de incidencias, compatibilidad entre sistemas. Y cuando toca, se entra en lo microscópico: metalografías, fatiga, fractografía; o en lo macroscópico: estabilidad del terreno, drenajes, empujes, cimentaciones, deformaciones permanentes. Todo ello requiere método, calma y una cadena de custodia impecable. Lo contrario —la especulación— no solo confunde: puede perjudicar el aprendizaje y aumentar el dolor de quienes ya lo han perdido todo.
Dicho esto, hay algo que sí puede afirmarse sin invadir conclusiones: el ferrocarril es una infraestructura crítica y su seguridad depende, en gran medida, de una palabra menos visible que “tecnología” y más decisiva que cualquier campaña: mantenimiento. No como trámite, sino como sistema. Mantenimiento que sea preventivo —inspecciones programadas, sustituciones por vida útil, revisiones periódicas—, y mantenimiento predictivo —basado en condición—, apoyado en auscultación, sensórica, medición continua, análisis de datos y detección temprana de anomalías.
En términos técnicos, el mantenimiento es la gestión de la degradación inevitable: el carril se fatiga, el balasto se asienta, las fijaciones pierden prestaciones, los drenajes se colmatan, los taludes evolucionan, las estructuras sufren. El entorno “trabaja” cada día. La pregunta no es si aparece el deterioro, sino cuándo lo detectamos y con qué rapidez actuamos antes de que cruce umbrales críticos. Ahí es donde la ingeniería moderna aporta valor: pasando de reaccionar a fallos a anticiparlos mediante indicadores, tendencias y umbrales de intervención. La seguridad, en última instancia, es un conjunto de barreras. Y las barreras más eficaces son las que se activan cuando el problema todavía es reversible.
También hay una dimensión que no se mide con instrumentos, pero se nota en los resultados: la cultura de seguridad. Una organización segura no normaliza lo anómalo. No convierte la alerta en rutina. Documenta, corrige, aprende y comparte. Da recursos y tiempo a quienes inspeccionan, mantienen y operan. Porque la seguridad no es un estado; es un proceso continuo.
En España contamos con ingenieros y especialistas de altísimo nivel: en dinámica ferroviaria, geotecnia, estructuras, materiales, señalización, fiabilidad, análisis de riesgos, seguridad funcional. Profesionales que saben leer un resto como evidencia, y no como chatarra; que distinguen un fallo puntual de un patrón sistémico; que pueden convertir el dolor en lecciones técnicas que salvan vidas. Ese capital humano es un patrimonio del país y merece respaldo, medios y, sobre todo, espacio para trabajar sin presiones.
Por todo ello, ante Adamuz y Rodalies, el mensaje responsable es doble. Primero, respeto y confianza en una investigación técnica independiente, rigurosa y completa: sin atajos, sin conclusiones prefabricadas, sin titulares que sustituyan a las pruebas. Segundo, un compromiso colectivo con lo que sí sabemos: que las infraestructuras esenciales deben mantenerse con excelencia, con enfoque preventivo y predictivo, porque están directamente ligadas a la seguridad y salud de las personas.
A veces la sociedad pide respuestas inmediatas. Pero en ingeniería forense, la prisa es enemiga de la verdad. La verdad llega cuando se ordenan los hechos, se reconstruyen los mecanismos y se identifican las barreras que fallaron. Y cuando llega, debe servir para algo más que para cerrar un caso: debe servir para evitar el siguiente.
Que el duelo no nos quite el rigor, y que el rigor no nos quite la humanidad. Porque, cuando el hierro se rompe, lo primero que debe sostenerse es la verdad… y lo segundo, la voluntad de cuidar mejor lo que sostiene nuestras vidas.