Hay conversaciones que terminan cuando se apagan los micrófonos. Y hay otras que, precisamente entonces, empiezan a dar vueltas en la cabeza. La mesa redonda ‘Comunicar aves en tiempos de desinformación’, celebrada en la facultad de Ciencias de la Universidad de Granada en el marco del XXVII Congreso Español de Ornitología y VIII Congreso Ibérico de Ornitología (2 al 6 de septiembre), pertenece a esta segunda categoría.
Como moderador del encuentro, agradezco a a SEO/BirdLife (y especialmente a Asun y a Olimpia) la oportunidad de poner sobre la mesa una cuestión que esencial y que, en ocasiones, queda relegada frente a los grandes debates científicos y conservacionistas: cómo conseguimos que el conocimiento llegue a la sociedad y se convierta en conversación, comprensión y, finalmente, acción.
En estos tiempos de redes y comunicación instantánea, conocer no es suficiente. Publicar un estudio en una revista científica no garantiza que sus conclusiones lleguen a quienes toman decisiones. Obtener datos sobre el declive de una especie no significa que la sociedad conozca las causas ni comprenda lo que está en juego. Y disponer de evidencias científicas no impide que un bulo o falsedad (me resisto a considerarlo noticia), contado de manera sencilla y emocional, alcance a millones de personas. Así que ahí está uno de los grandes desafíos de este tiempo.
Cuando los bulos cuentan mejores historias
Durante la mesa, Eva Rodríguez Nieto, redactora de la Agencia SINC, puso el dedo en una de las claves del problema: los bulos encuentran espacios narrativos que la información rigurosa no ocupa. Y cuando la ciencia deja un vacío, otros están dispuestos a llenarlo.
Quizá deberíamos dejar de hablar tanto de ‘fake news’. Como apuntaba Eva, muchas veces son simplemente fakes, falsedades, mentiras interesadas. Pero lo importante no cómo las denominemos sino entender por qué funcionan.
Funcionan porque apelan a las emociones. Porque tienen protagonistas, conflicto, sorpresa y una historia que se entiende rápidamente. Porque caben en un vídeo de pocos segundos. Porque no necesitan explicar toda la complejidad de un problema para conseguir nuestra atención.
La ciencia, en cambio, suele llegar con matices, incertidumbres, porcentajes, metodología y cautelas. Todo ello es imprescindible para hacer buena ciencia. Pero no siempre basta para hacer buena comunicación. Aquí aparece una palabra que no deberíamos tener miedo de utilizar: narrativa.
Contar bien no significa simplificar hasta deformar. Emocionar no significa manipular. Buscar un buen titular no significa renunciar al rigor y a la precisión. Y utilizar las herramientas y lenguajes de las redes sociales no implica convertir la ciencia en espectáculo. Significa entender que la forma en que contamos el conocimiento también condiciona su capacidad para llegar a la sociedad.
Las aves nos interpelan
Las aves tienen, además, una extraordinaria capacidad para contar lo que está ocurriendo en nuestro planeta. Son indicadores sensibles de la salud de los ecosistemas. Sus poblaciones, sus movimientos, sus áreas de distribución y sus cambios de comportamiento nos hablan de transformaciones ambientales que muchas veces son difíciles de percibir a simple vista.
Pero para que esa información tenga un impacto social no basta con disponer de ella.
Tenemos que conseguir que alguien que nunca haya abierto un artículo científico (también jefes de redacción) entienda por qué el declive de determinadas aves debería importarle. Que una persona que observa un ave en un parque comprenda que detrás de ese encuentro puede haber una historia de conservación, de cambio climático, de pérdida de hábitat o de transformación del territorio. Y para eso necesitamos historias.
Historias rigurosas, sí. Historias basadas en evidencias. Pero también historias capaces de despertar curiosidad, hacernos empatizar y conectar con las emociones.
En este punto, la aportación de The Melerus (German Sánchez Melero) resultó especialmente interesante. Desde su experiencia como creador de contenidos centrados en animales, aventuras y naturaleza recordó algo que quienes trabajamos en la comunicación más clásica a veces olvidamos: no podemos hablar a todo el mundo de la misma manera. Las audiencias han cambiado. Los soportes y los lenguajes también.
No podemos abandonar las redes
Así, se planteó que X, Instagram, TikTok, YouTube y el resto de plataformas digitales no son, necesariamente, espacios informativos en el sentido tradicional. Son lugares donde la gente (sus seguidores suman varios millones) pasa buena parte de su tiempo, se entretiene, descubre contenidos y construye también su percepción del mundo.
Por eso la ciencia y la conservación no pueden permitirse abandonarlos, algo en lo que coincidimos todos los integrantes de la mesa.
Xiomara Cantera, responsable de prensa del Museo Nacional de Ciencias Naturales, lo expresó con claridad durante la conversación: si quienes generan información rigurosa se retiran de estos espacios, dejan el terreno libre para quienes no tienen ningún compromiso con la verdad.
No se trata de pensar que las redes sociales van a sustituir al periodismo, a la ciencia o a la divulgación científica. Se trata de asumir que forman parte del ecosistema comunicativo en el que vivimos hoy en día.
Y eso obliga a aprender. A conocer mejor a las audiencias. A experimentar con nuevos formatos. A trabajar con creadores de contenido. Formar a científicos y conservacionistas en comunicación. A reforzar la alfabetización mediática y digital de la ciudadanía.
Y, sobre todo, a entender que comunicar no es una actividad secundaria de la ciencia. Forma parte de su responsabilidad social.
Bajar de la torre de marfil
Hubo otra idea que atravesó la conversación y que, a mi juicio, merece una reflexión más profunda: la ciencia necesita salir de su torre de marfil.
No porque deba renunciar a su complejidad ni a sus métodos, sino porque el conocimiento científico que no se comparte de manera comprensible corre el riesgo de quedar encerrado en círculos cada vez más reducidos.
La ciudadanía financia buena parte de la investigación con sus impuestos. Tiene derecho a conocer qué se investiga, por qué se investiga y qué significa ese conocimiento para su vida y para el futuro del planeta.
Eso exige un cambio cultural que, en buena parte, ya se está produciendo.
Necesitamos científicos que quieran contar, periodistas capaces de traducir sin traicionar. Comunicadores que comprendan el valor del rigor, creadores de contenido que sepan atraer nuevas audiencias. Y organizaciones dispuestas a trabajar conjuntamente.
No son papeles intercambiables, pero sí complementarios.
Una bandada para comunicar mejor
Quizá esa sea una de las conclusiones que me llevo de Granada como moderador de esta mesa: frente a la desinformación, no necesitamos una única voz. Necesitamos una alianza de muchas voces.
La ciencia aporta conocimiento y evidencias. El periodismo aporta contexto, contraste y capacidad para convertir hechos complejos en información comprensible. La comunicación aporta estrategias y lenguajes. Los creadores de contenido abren puertas hacia públicos que otros no alcanzamos.
Y las aves pueden ser ese magnífico punto de encuentro, pues informar sobre aves es informar también sobre bosques, humedales, agricultura, ciudades, océanos, cambio climático, contaminación, territorio y biodiversidad. Es hablar de nuestro modelo de desarrollo y de la relación que mantenemos con la naturaleza.
Por eso quiero agradecer especialmente a todos el equipo de SEO/BirdLife la organización de este conversatorio dentro de su XXVII Congreso Español de Ornitología #27CEO. Espacios como este son necesarios porque nos obligan a detenernos y hacernos una pregunta que va mucho más allá de la ornitología: ¿de qué sirve tener el mejor conocimiento si no somos capaces de conseguir que la sociedad lo escuche, lo comprenda y confíe en él?
La respuesta, probablemente, pasa por contar mejores historias.
Historias que no inventen. Que no exageren. Que no oculten la incertidumbre. Que respeten los datos, el trabajo científico y también sepan emocionar.
Frente al ruido, la mentira y la desinformación, la comunicación científico-ambiental no sólo necesita más datos…También necesita buenas historias y buenos periodistas y creadores de contenido para contarlas.
Periodista ambiental y de ciencia, embajador del Pacto Climático de la UE
Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.
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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».
La entrada La ciencia de las aves también necesita buenas historias. Por Arturo Larena, embajador del Pacto Climático de la UE se publicó primero en EFE Verde.