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Cuando el ICAM quebró – (Segunda parte: Enterrar el escándalo)

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José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

 

Nos quedamos en el inicio de una Junta General Extraordinaria, que amenazaba con ser tumultuosa y, para la que, al asistir más de doscientos colegiales, no había quedado otro remedio que arrendar el histórico Teatro de la Comedia.

Empezó la Junta el 23 de noviembre a las diez de la mañana, con la lectura de las actas de la de Gobierno que afectaban al caso. No queriéndome extender mucho, se harán cargo los lectores del guirigay que se montó y las diversas propuestas que a gritos se planteaban, que iban desde las de exigir responsabilidades a la Junta del Gobierno actual por no dimitir en bloque, hasta pedir responsabilidades a todos los que habían sido diputados en los últimos 24 años y que habían compartido mesa y mantel con Díez Macuso. Otros, encabezados por Barriobero -personaje del que valdría la pena hacer un breve estudio-, lo que pedían era la interposición inmediata de una denuncia penal ante el Tribunal Supremo por lo sucedido, ya que al ser Díez Macuso en ese momento diputado en el Congreso, estaba aforado, y desconozco si ese concepto resultará familiar.

El decano no hacía otra cosa que pedir que la discusión se hiciese con desapasionamiento y que se pusiese término a este desdichado asunto de la mejor manera posible; mediaba en las intervenciones de colegiados, que iban desde enfocar la cuestión con un criterio más humano que legal buscando terminarlo con un acto de amor para todos, hasta los que pensaban que no se estaba respetando la autoridad del decano, pasando por aquellos que creían que lo que estaba sucediendo se parecía más a un meeting político que a una reunión de caballeros.

Luis Díaz Coñeña

Yo creo que todos hemos vivido ya situaciones similares, bien en nuestro propio Colegio, en las asociaciones de padres de alumnos o en las comunidades de propietarios, así que dejo a la interpretación de cada uno imaginar el devenir de la reunión. Y, en esto, tomó la palabra don Niceto Alcalá-Zamora, que hacía pocos meses había sido elegido diputado 2º de la Junta. Creo que merece la pena transcribir sus palabras, según fueron recogidas en el Acta.

Planteó la cuestión total en nombre de la Junta con los siguientes términos: Primero. Se pregunta por qué no hemos dimitido. El hacerlo en los instantes en que luchamos por reintegrar al Colegio de lo perdido, hubiera sido una solidaridad, una cobardía y un abandono de los intereses colectivos. Segundo. Se habla de derivar la responsabilidad de lo sucedido a otras Juntas. Si el suceso hubiera obedecido a pagos ilegítimos, a inversiones maliciosas a falsedades o a faltas de intervención, desde luego hubiésemos ido a exigir una responsabilidad. Como obedece única y exclusivamente a que ha desaparecido la cantidad que el Señor Macuso por tolerancia de todos guardaba en su poder, no es procedente hacerlo. Tercero. ¿por qué no denunciamos al Señor Díez Macuso? ¿Íbamos a ir antes de obtener la cesión de bienes o después? Ir la Juzgado con la denuncia de un hecho que podía revestir apariencias criminales contra un representante de la Nación sin obtener antes la cesión de bienes, era abandonar los intereses del Colegio a eventualidades y contingencias peligrosas. Hecha la cesión de bienes por el Señor Macuso, admitida con una mano esta entrega obtenida apelando a su caballerosidad, no podemos en esta tierra de la hidalguía y de la lealtad, entregar con la otra una denuncia al Juzgado de Guardia. La denuncia antes del reintegro hubiera sido una imprudencia; después era una falta de caballerosidad”.

Según el acta, se interrumpe entonces el desarrollo de la Junta por una clamorosa salva de aplausos. Ahí estuvo la clave de que se aprobase lo actuado por la Junta. Conseguida la dación, la asamblea se da por satisfecha con los bienes entregados en pago y decide, por decirlo así, echar tierra sobre el asunto. Me sorprende que en ninguno de los buscadores habituales ni en las enciclopedias al uso se diga absolutamente nada de este incidente tan grave. Puede que, a partir de ahora, gracias a estos párrafos, ya no sea del todo así.

Del Teatro de la Comedia, de todas formas, salen cinco abogados encabezados por Barriobero e interponen denuncia en el Juzgado de guardia.

“El affaire Macuso” se termina definitivamente en la Junta General Ordinaria de 14 de enero de 1914. Se detalla en concreto la cifra exacta del desfalco, que ascendió a la suma de 200.055,46 pesetas. Con las casas de Madrid, fincas de Toro, cuadros y libros, se alcanza una cantidad de tasación de 163.126 pesetas, por lo que el quebranto para el Colegio llegaría a alcanzar la suma de 36.929 pesetas, que luego veremos cómo inteligentemente se soluciona, al menos contablemente.

Toca entrar ahora en el amargo peregrinar de la Junta de Gobierno para, una vez obtenidos los bienes de Díez Macuso, hacer con su producto o con ellos mismos, el pago de todo lo adeudado al Colegio.

Retrocediendo un poco en el tiempo, nos encontramos con la Junta de Gobierno de 13 de diciembre, que es casi monográfica sobre Macuso. Se habla de las casas de la calle Olivar de Madrid, de cuarenta y cinco fincas rústicas y urbanas en proindiviso en Toro, de más de mil quinientos libros de su biblioteca y de diversos cuadros que fueron tasados desinteresadamente por el pintor Madrazo. Eran una Purísima de Pantoja, discípulo de Velázquez, tasada en 2.800 pesetas; un Cristo de Carducho en otras 2.800 pesetas y otros pequeños cuadros hasta la suma de 9.800 pesetas.

Respecto a los libros, se acuerda que sean tasados por el bibliotecario Lostau y posteriormente vendidos en subasta, primero a los colegiados con carácter preferente y, luego, al público en general,

Se dio cuenta, además, del oficio recibido del Tribunal Supremo donde se solicitaba al Colegio testimonio de las actas sobre las cuentas de la Institución, así como cualquier otra información que pudiera ser de utilidad y un extracto de las cuentas del Colegio desde 1884, al ocupar Díez Macuso el puesto de tesorero desde esa fecha, todo ello en razón al hecho de que era diputado por la circunscripción de Toro. Vamos, que por lo que se ve, la llamada a la caballerosidad hecha en la Junta Extraordinaria de unos días atrás, no había tenido efecto y varios colegiados, encabezados por Barriobero, habían denunciado a Díez Macuso en el Tribunal Supremo.

A lo largo del año 1914 se va procediendo con lentitud a la venta de los bienes muebles dados en pago, obteniéndose unos ingresos bastante menores a los esperados por la tasación. Se visitan las fincas de Toro y se recurren los impuestos por la transmisión de estas. Incluso en junio de 1914, se cita con alegría en la Junta que ha aparecido un pagaré en el Banco de España por 37.000 pesetas que creían que era del Tesorero; pero poco después -gran chasco- se descubre que el dinero del pagaré era en realidad de los herederos del decano Cortina y no de Díez Macuso. Así que, como de todos es sabido, las alegrías en casa del pobre duran bien poco y no se pudo asignar esa cantidad a minorar la deuda.

El 18 de agosto de 1915 fallece el decano Luis Díaz Cobeña. Para muchos, desde que sucedió el caso Díez Macuso, no fue el mismo hombre, y relacionan su fallecimiento con aquello. Fue, sin lugar a duda, un durísimo golpe para la Institución y era tal el respeto que se tenía hacia su persona, que se decidió homenajearle sufragando un busto con su efigie y publicando sus “Dictámenes de Derecho Civil” lo que se consiguió finalmente en 1919 cuando hubo dinero suficiente para poder afrontar su impresión. Del mismo modo, como con tantos abogados ilustres de Madrid, se consiguió poner nombre a una calle cerca de la Avenida de los Toreros, dedicada a su memoria.

En abril de 1916, es decir, menos de un año después de la muerte de Díaz Cobeña, fallecía Díez Macuso y con ello se extinguía su responsabilidad penal. Las casas de Madrid fueron adjudicadas en subasta en el verano de 1917 por la suma de 32.700 pesetas, menos de la mitad de la tasación inicial. En marzo de 1920, el apoderado del Colegio en Toro para este asunto remite un cheque por 4.703,50 pesetas y consta en acta: “La Junta queda enterada con satisfacción del resultado obtenido con las referidas ventas y de la definitiva resolución de este asunto”.

Más de siete años después, se puede decir la frase infantil de “colorín colorado este cuento se ha acabado”. ¿Terminó bien? ¿Se salvaron los muebles al menos? Que cada uno piense como quiera. Estoy desvelando algo que, hoy en día, conocían muy pocos y no es fácil juzgar con criterios actuales hechos sucedidos hace más de un siglo.

Nos quedan pendientes dos cuestiones que, a propósito, dejo para un tercer capítulo o colofón de este hecho tan singular en la historia el Colegio de Madrid: Cómo quedaron finalmente las cuentas y qué es lo que sucedió con un “Códice de los tiempos de los Reyes Católicos”.

En la Biblioteca del Colegio, en lugar preferente, está el busto que se encargó para honrar la figura de Luis Díaz Coñeña. Decidido el Colegio a realizarlo, no se pudo hacer hasta muchos años después, en que fue inaugurado siendo Ossorio y Gallardo el decano y su autor fue nada menos que Gabriel Borrás. Había un pedestal de madera imitando a granito de Colmenar con su nombre grabado, igual al del busto de Canalejas que se ha perdido. Una foto de la escultura completa este artículo.

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Artículo de Redacción publicado en https://www.lawyerpress.com/2026/03/17/cuando-el-icam-quebro-segunda-parte-enterrar-el-escandalo/