• 07/03/2026 14:06

La era de la inteligencia oceánica: por qué Europa debe aprender a mirar el mar. Por María Gálvez del Castillo Luna (CEO de Smart Blue Lab)

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Esta semana Bruselas, en un contexto marcado por el aumento de las tensiones geopolíticas y una acelerada reconfiguración del orden internacional, volvió su mirada hacia el mar con una intensidad poco habitual en la agenda política europea.

Durante los European Ocean Days 2026, celebrados del 2 al 6 de marzo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lanzó un mensaje que trasciende claramente el ámbito estrictamente ambiental: el océano se perfila como uno de los espacios estratégicos decisivos para el futuro económico, climático y geopolítico de Europa.

Es precisamente en este punto donde se sitúa Ocean Eye. La iniciativa aspira a articular una nueva generación de capacidades europeas de observación marina capaces de integrar múltiples fuentes de información —satélites, sensores autónomos, buques de investigación, plataformas costeras, mediciones in situ y sistemas avanzados de análisis basados en inteligencia artificial— para construir una visión integrada, coherente y prácticamente en tiempo real del estado del océano.

Más allá de una infraestructura científica, Ocean Eye representa el intento de Europa de situarse en la vanguardia de la inteligencia oceánica global.

La premisa es tan simple como decisiva: proteger el océano comienza por comprenderlo. No es posible gestionar de manera eficaz aquello que apenas se conoce.

Comprender el funcionamiento del sistema oceánico exige ampliar las capacidades de observación continua, conectar fuentes de información hoy dispersas y transformar grandes volúmenes de datos en conocimiento útil para la toma de decisiones.

En esencia, gobernar el océano en el siglo XXI exigirá desarrollar una nueva capacidad estratégica: la inteligencia oceánica, es decir, la capacidad de observar, modelizar y anticipar el comportamiento del sistema marino en tiempo casi real.

Del mismo modo que la observación espacial transformó la meteorología, la navegación y la seguridad global en el siglo XX, la capacidad de observar, modelizar y anticipar el comportamiento del océano será uno de los pilares de la gobernanza climática y económica del siglo XXI.

El mar sigue siendo profundo y desconocido

A pesar de que el océano cubre más del 70 % de la superficie del planeta y desempeña funciones esenciales para la seguridad global, el comercio internacional, las comunicaciones y el sistema climático y alimentario, nuestro conocimiento sobre sus dinámicas físicas, biogeoquímicas y ecológicas sigue siendo sorprendentemente limitado y fragmentado.

El océano absorbe cerca del 90 % del exceso de calor acumulado por el sistema climático como consecuencia del calentamiento global y aproximadamente una cuarta parte del CO₂ de origen antropogénico.

Sin embargo, muchos de los procesos que determinan su funcionamiento —desde la circulación oceánica profunda hasta las complejas interacciones entre biodiversidad, ciclos del carbono y productividad biológica— continúan siendo insuficientemente observados y comprendidos.

La paradoja es conocida en la comunidad científica: en pleno siglo XXI conocemos con mayor precisión la superficie de Marte que amplias regiones de los fondos marinos de nuestro propio planeta azul.

Esta constatación pone de relieve una brecha estructural entre la importancia sistémica del océano para el funcionamiento de la Tierra y nuestra capacidad real para observarlo, comprenderlo y anticipar sus transformaciones.

Las implicaciones de esta brecha trascienden el ámbito científico. Afectan directamente a la calidad de las decisiones políticas, a la gestión de riesgos y a la planificación económica de largo plazo.

Un estudio publicado recientemente en Nature por los investigadores Seeger y Minderhoud ilustra con claridad este desafío. Sus resultados sugieren que el nivel relativo del mar podría ser significativamente más elevado de lo que reflejan muchas evaluaciones actuales de riesgo costero.

Al integrar con mayor precisión factores como la subsidencia del terreno y las dinámicas locales del litoral, el análisis indica que amplias zonas costeras podrían estar expuestas a riesgos de inundación superiores a los estimados hasta ahora, con consecuencias económicas y sociales potencialmente significativas.

En un mundo donde la mayor parte de la población global vive en regiones litorales y donde una proporción considerable de la economía global depende directa o indirectamente del mar y de las zonas costeras, mejorar la capacidad de observación del océano se convierte en una prioridad estratégica.

Del dato disperso a la inteligencia oceánica

Europa lleva décadas construyendo una sólida arquitectura científica y tecnológica orientada al conocimiento del océano.

Iniciativas como Copernicus, las grandes infraestructuras europeas de investigación marina, las redes de sensores oceánicos y los extensos repositorios de datos han permitido generar volúmenes sin precedentes de información sobre el sistema oceánico.

Sin embargo, el desafío estratégico actual ya no reside únicamente en producir más datos, sino en integrarlos, interpretarlos y transformarlos en inteligencia operativa.

En un sistema tan complejo y dinámico como el océano, la verdadera ventaja no proviene únicamente de la capacidad de observación, sino de la capacidad de conectar conocimiento disperso y convertirlo en información accionable.

Es precisamente en este punto donde se sitúa Ocean Eye. La iniciativa aspira a articular una nueva generación de capacidades de observación marina capaces de integrar múltiples fuentes de información —satélites, sensores autónomos, buques de investigación, plataformas costeras y sistemas avanzados de análisis basados en inteligencia artificial— para construir una visión integrada, coherente y prácticamente en tiempo real del estado del océano.

El salto conceptual es considerable: pasar de sistemas de observación fragmentados a una auténtica infraestructura de inteligencia oceánica.

Las implicaciones de esta evolución son profundas. Desde la protección de la biodiversidad marina hasta la adaptación climática de las regiones costeras, pasando por la gestión sostenible de los recursos pesqueros o el desarrollo de nuevas industrias de la economía azul, la calidad del conocimiento oceánico se convierte en un factor determinante de competitividad y resiliencia.

En todos estos ámbitos, el dato deja de ser un simple recurso científico para convertirse en un activo estratégico.

El océano como frontera geopolítica

El anuncio de Ocean Eye se produce en un momento en el que el océano adquiere una relevancia creciente en el tablero geopolítico global.

Las grandes potencias están intensificando sus inversiones en capacidades de observación oceánica, infraestructuras submarinas y sistemas avanzados de monitorización. Estados Unidos, China y otras economías emergentes están desarrollando redes cada vez más sofisticadas de sensores oceánicos, plataformas autónomas y sistemas de modelización climática.

En este nuevo escenario, el conocimiento del océano se convierte también en un vector de poder tecnológico y geopolítico.

En este contexto, la capacidad de comprender y monitorizar el océano se convierte también en una cuestión de soberanía tecnológica y estratégica.

La defensa, el comercio, las comunicaciones, la seguridad energética, el acceso a minerales críticos, la protección de cables submarinos, la seguridad alimentaria y la resiliencia climática dependen cada vez más del conocimiento y la gestión de los espacios marinos.

Cableados submarinos, parques eólicos marinos, recursos biológicos, rutas comerciales y sistemas energéticos emergentes configuran un nuevo mapa de intereses donde el dominio del conocimiento oceánico se convierte en un factor decisivo de poder.

La apuesta europea por iniciativas como Ocean Eye, el Digital Twin of the Ocean o el futuro European Ocean Pact refleja una comprensión cada vez más clara de esta realidad: el océano no es únicamente un patrimonio natural que debe ser protegido, sino también una infraestructura estratégica para el futuro económico, climático y tecnológico del continente.

En este contexto, Europa se enfrenta a un desafío fundamental: desarrollar lo que podría denominarse una auténtica soberanía del conocimiento oceánico, capaz de garantizar que las decisiones estratégicas sobre el futuro del mar se basen en capacidades científicas y tecnológicas propias.

Conocer para proteger

El oceanógrafo, explorador y divulgador Jacques Cousteau solía recordar una idea que sigue siendo profundamente vigente: «Solo protegemos aquello que amamos, y solo podemos amar aquello que conocemos».

Durante siglos, el océano fue percibido como un espacio vasto, remoto e inescrutable. Un territorio donde los procesos naturales parecían demasiado complejos y profundos para ser comprendidos.

La revolución tecnológica de las últimas décadas —impulsada por satélites de observación, sensores autónomos, inteligencia artificial y sistemas avanzados de modelización— está empezando a transformar radicalmente esa percepción.

Por primera vez en la historia, la humanidad comienza a desarrollar la capacidad de observar el océano de forma sistemática, continua y a escala planetaria.

En este contexto, los European Ocean Days se consolidan como uno de los principales espacios internacionales de encuentro entre responsables políticos, científicos, industria y actores del ecosistema marítimo europeo.

Más allá del debate técnico, el anuncio de Ocean Eye confirma una tendencia cada vez más evidente en la política europea: el océano deja de ser percibido exclusivamente como un ámbito ambiental para convertirse en un pilar central de la seguridad, la resiliencia climática y la competitividad futura de Europa.

Ocean Eye simboliza precisamente ese cambio de paradigma. No se trata únicamente de una nueva iniciativa de observación marina.

María Gálvez del Castillo Luna es CEO de Smart Blue Lab y embajadora del Pacto Climático Europeo.

Representa un paso hacia una nueva relación entre Europa y el mar: una relación basada en el conocimiento, la anticipación estratégica y la responsabilidad en la gestión de uno de los sistemas más determinantes para el futuro del planeta.

Porque en el siglo XXI, la capacidad de observar y comprender el océano será tan estratégica para el futuro del planeta como lo fue la exploración y observación del espacio en el siglo XX.

 

 

María Gálvez del Castillo Luna es oceanógrafa, ambientóloga y CEO de Smart Blue Lab.

 

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Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.

 

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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».

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