La subgobernadora del Banco de España, Soledad Núñez, ha pedido evitar plantear la sostenibilidad como un obstáculo a la competitividad de Europa, porque en realidad la hará más competitiva, y ha advertido de que la transición energética no es sólo un imperativo climático, sino una auténtica estrategia de seguridad nacional y europea.
Aunque a corto plazo, las políticas de transición puedan tener algunos costes, a medio y largo plazo pueden ser una fuente de competitividad, ha afirmado Núñez durante su intervención en la Asamblea Anual de FINRESP (Centro de Finanzas Responsables y Sostenibles), en la que ha defendido la necesidad de impulsar la transición hacia una economía baja en carbono y sostenible con el medio ambiente.
El discurso de la máxima autoridad bancaria de España, choca con los pasos atrás dados por la Unión Europea en las las políticas climáticas y de proteccion a la biodiversidad por las presiones de sectores que aseguran que las normas «verdes» restan competitidad a las empresas.
A menos acción, más pérdidas
En su opinión, una transición ordenada, anticipada y basada en señales claras reduce la incertidumbre y favorece una reasignación eficiente del capital. Por contra, «retrasar la adaptación aumenta la probabilidad de ajustes abruptos y de pérdidas desordenadas de valor».
Además, al reducir de forma acelerada la dependencia de los combustibles fósiles importados, la transición mitiga directamente la exposición de las empresas y hogares a volatilidad de precios que generan las tensiones geopolíticas de terceros países.
Es, por tanto, una vía indispensable para el fortalecimiento de las capacidades tecnológicas propias y una pieza central de la autonomía económica europea, pero su consecución, ha destacado, exige movilizar un enorme volumen de capital.
Tras destacar el papel fundamental del sistema financiero en la movilización de ese capital, ha puntualizado que la estabilidad financiera no consiste en evitar todo riesgo, sino en asegurar que el sistema puede absorber perturbaciones sin comprometer su función esencial de financiar la economía real.
Los riesgos ya son evidentes
El cambio climático, introduce riesgos de largo plazo, inciertos en su magnitud exacta, pero crecientemente evidentes en su materialidad económica.
Las cifras de pérdidas acumuladas en Europa por los fenómenos extremos asociados al cambio climático en las últimas décadas «nos recuerdan que no hablamos de una posibilidad remota, sino de una tendencia observada», ha apuntado.
En su opinión, gestionar estos riesgos con rigor técnico, proporcionalidad y cooperación internacional es una condición necesaria para preservar la competitividad europea, reforzar nuestra autonomía estratégica y garantizar la estabilidad financiera.
El Banco de España seguirá contribuyendo a este objetivo con independencia y con análisis basado en la evidencia porque «integrar la sostenibilidad en la gestión del riesgo no es una opción reputacional: es una exigencia de prudencia», ha afirmado.
Nuestra función, ha apuntado, no es dirigir la asignación sectorial del crédito, sino garantizar que los riesgos —incluidos los derivados del cambio climático— se identifiquen, se midan y se gestionen adecuadamente.
En este esfuerzo, la cooperación internacional es indispensable. La Network for Greening the Financial System (creada para ordenar el papel del sistema financiero en la lucha contra el cambio climático, a pesar de la salida de Estados Unidos, sigue reuniendo a más de 140 bancos centrales y supervisores de todo el mundo y, además, ha ampliado su análisis hacia los riesgos relacionados con la naturaleza y la biodiversidad, reconociendo que la degradación del capital natural puede tener implicaciones sistémicas., ha subrayado
De 8.000 a 45.000 millones de pérdidas en cuatro décadas
La evidencia acumulada en las últimas décadas es clara, ha insistido Núñez, que ha recordado que, según el Servicio de Cambio Climático del sistema satelital europeo Copernicus, tras el récord de temperatura de 2024, 2025 fue el tercer año más cálido registrado a nivel global.
Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, entre 1980 y 2024, los fenómenos climáticos y meteorológicos extremos, como inundaciones o sequías, han provocado pérdidas económicas de más de 822.000 millones de euros, más de una cuarta parte de ellas, concentras en solo los últimos cuatro años.
«La tendencia es inequívoca: la media anual de pérdidas económicas relacionadas con el clima ha pasado de unos 8.000 millones en la década de 1980, a aproximadamente 45.000 millones anuales en el periodo 2020-2024. No se trata de escenarios hipotéticos a largo plazo, sino de impactos ya observados y medidos», ha subrayado.
En España, un país especialmente expuesto al estrés hídrico, a las olas de calor y a determinados riesgos costeros, los efectos físicos del cambio climático tienen implicaciones directas para sectores estratégicos como la agricultura, el turismo o determinadas infraestructuras críticas, ha apuntado.
En este sentido, ha recordado que cuando la actividad económica se ve afectada también lo hacen los balances empresariales, la capacidad de repago y, en última instancia, la calidad de los activos financieros. EFEverde
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