• 20/02/2026 07:17

Los monumentos perdidos del ICAM

(origen) Redacción Feb 17, 2026 , , , ,
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José Manuel Pradas – La Huella de la toga (segunda temporada)

Se podría escribir un libro muy bonito y sencillo de elaborar -ahí lanzo la idea, aún a riesgo de que un día decida llevarla a cabo y alguien ya se me haya adelantado- que consistiría en un recorrido por Madrid paseando por las calles dedicadas a los abogados de la Institución. Desde las del Madrid medieval amurallado, como el Pasaje de Gil Imón, padre de las Gilipollas madrileñas, a amplias y modernas avenidas como la de Raimundo Fernández Villaverde, céntricas como la plaza de Canalejas, que fue Decano del Colegio de Madrid, o de las renombradas recientemente como ha sido la de Mercedes Formica.

Monumentos a abogados, yo creo que hay muchos menos; se me ocurren así, al primer golpe de memoria, el de Castelar en el centro del Paseo de la Castellana y el de Alonso Martínez, padre del Código civil, en la glorieta de su mismo nombre o también el horroroso a José Calvo-Sotelo en la plaza de Castilla, frente a los Juzgados. Por hacer una comparación, los monumentos a militares son muchísimos más, así que los abogados tenemos perdido este partido por goleada.

Y si ya nos centramos en la propia sede colegial -más recoleta y mucho más propicia para rememorar a algunos colegiados- salvo que me deje alguno, tenemos la placa dedicada al recuerdo de Félix Ester, diputado Bibliotecario de Honor en 1953 y la más reciente en agradecimiento al legado hecho al Colegio por el Decano Luis Martí de gran parte de su biblioteca.

Y poquito más, los abogados de la calle Atocha, el de una empleada fallecida en el atentado a los trenes del 11 de marzo y no sé si algo más quese me haya podido escapar.

Creo que ha sido una buena introducción para recuperar la memoria de dos proyectos que tuvo el Colegio; uno de los cuales no llegó a ver la luz y el otro que ha terminado perdiéndose en la noche de los tiempos y que hoy, salvo algún milagro, deberemos dar por desaparecido definitivamente.

El 27 de febrero de 1927 se celebró con la asistencia de 156 abogados y bajo la presidencia del decano de la Cierva, una Junta General en la que se discutió sobre la necesidad de hacer un homenaje a dos de las figuras de la abogacía madrileña y española, encargando -para cuando se dispusiera de los medios necesarios- sendos bustos de los decanos Díaz Cobeña y Cortina, que serían colocados en el Salón de actos del Colegio. También se acordó que en los muros del Salón se pusieran unos medallones –“hechos por artistas notables”- en mármol, “añadiendo en letras de bronce los nombres de aquellas personalidades del foro que, a juicio de la Junta General, debieran figurar”. El Decano advertía no obstante que el coste de los medallones oscilaría entre las sesenta y setenta mil pesetas y como no había dinero suficiente en las cuentas del Colegio para afrontar este gasto, habría que pedir a los Señores Colegiados el pago de una cuota extraordinaria.

De este acuerdo, únicamente se convirtió en realidad el busto de Díaz Cobeña que, tras permanecer decenios en los almacenes del Colegio, fue rescatado y ahora ocupa un lugar preferente a la entrada del patio de la Biblioteca.

Unos años después, saltamos de 1927 a 1935, se adoptó en una Junta de Gobierno de 4 de marzo de 1935 un acuerdo en el que literalmente se decía: “El Señor Secretario da lectura a la lista de los señores colegiados fallecidos desde 1900, que pueden figurar en las lápidas que han de instalarse en el Salón de Actos con motivo del 338 aniversario de la Fundación del Colegio, cuyos nombres son aprobados”.

Lamentablemente, ni conocemos quien hizo la selección de esos nombres, ni cuantos eran los que estaban previstos, ni que las lápidas pudiesen luego albergar a más colegiados, ni de quienes se trataba. Unos días después, el 11 de marzo, alcanzamos a llegar a conocer más detalles, “el Señor Secretario da lectura al presupuesto formulado por el Señor Nicoli –supongo sería el marmolista– relativo a las lápidas… Los reunidos deciden que las lápidas, que se confeccionen sean hechas en mármol negro de Bélgica, cuyo importe, por cada una de ellas, es de 1.641 pesetas y cuyos demás detalles se expresan en el mencionado presupuesto.

Como vemos los medallones se tornaron en lápidas.

Las placas de mármol negro de Bélgica llegaron a estar expuestas en el Salón de Actos del Colegio. He podido verificarlo en una foto antigua, pero actualmente no queda de ellas ni rastro, ni forma de averiguarlo, pues el Colegio fue desalojado de sus instalaciones en el Palacio de Justicia años más tarde. Una amiga, con su puntito de mala baba, me sugirió fuese por los bares de Madrid tocando por debajo de antiguas mesas de mármol, como si del libro La Colmena de Cela se tratara y así intentar encontrarlas, pero creo que no vale la pena hacerlo.

Y nos queda el decano Cortina. Igual que se tiene por el mejor alcalde de Madrid a Carlos III y no hay quien le dispute el título, en lo que atañe al Colegio de Madrid, la referencia obligada es Manuel Cortina Arenzana. Cuando la elección al cargo de decano se hacía estatutariamente por periodos anuales, como si de un cónsul de Roma se tratase, Cortina fue reelegido consecutivamente desde 1847 a 1878, es decir más de treinta años recibiendo la confianza de sus colegas que, en el caso del Colegio de Madrid ya es mucho recibir, por las especiales características de esta Institución y sin que proceda ahora extenderme en sus peculiaridades. Cortina llegó incluso a pedir, postrado en su cama, que no se le reeligiese y sus compañeros tozudamente lo hacían, así hasta que falleció con casi ochenta años y por decirlo cinematográficamente, con la toga puesta. Desde Cortina solo han fallecido siendo decanos -que yo recuerde- Díaz Cobeña, Goicoechea y Pedrol Ríus. Sin contar el desgraciado asesinato Melquiades Álvarez en 1936.

En el Colegio de Madrid y por ende en los de toda España, hay un antes y un después a Cortina. El Colegio pasó de ser de un gremio a una institución moderna. Un liberal moderado como era Cortina -seguramente masón- legó al Colegio además su archivo profesional, considerado como el mayor compendio profesional de un despacho del siglo XIX, dada la naturaleza e importancia de los clientes de su despacho. Instituyó, además, a través de sus herederos, el Premio Cortina que durante muchos años fue el más importante de los galardones jurídicos otorgados en España. Hoy, además, la Fundación Cortina es la encargada de canalizar y realizar toda la obra social del Colegio.

Los dos párrafos precedentes son lo menos que se puede dedicar a la figura de Manuel Cortina, de quien hoy pocos y poco sabrán. Pero aconsejo bucear por internet y yo le pediría al lector que lo hiciera, para que se diese cuenta de lo trascendental que fue este abogado para la historia de España y sobre todo para la abogacía.

Así que no es en absoluto de extrañar que se quisiera inmortalizar su recuerdo erigiendo un monumento a su persona y que el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid pretendiese encabezar el proyecto, para regalarlo más tarde al pueblo de Madrid.

Antes del fracaso del busto de 1927 el Colegio, diez años antes, pidió al Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes que intercediese ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para que ayudase a elegir, mediante concurso, qué proyecto sería el ganador del monumento entre los que se presentasen. Pero mira por dónde la Real Academia, un tanto quisquillosa advierte al Colegio que “…si en las Bases del Programa que solicita, no aparece clara y terminantemente que los Proyectos presentados al Concurso han de ser sometidos al examen de la Real Academia y que el fallo pronunciado por la misma será respetado y cumplido en todas sus partes no podrá dictaminar, por impedirlo acuerdos adoptados con anterioridad para casos análogos”.

Vamos, que o se respeta lo que dice la Real Academia de Bellas Artes o no hacen nada. La Junta de Gobierno del Colegio con ese lenguaje tan preciosista, propio de la época, acuerda dirigirse a la Academia manifestando que “… estimando muy mucho la actitud de la Corporación que tan digna y acertadamente preside… somete al buen criterio de aquella la imposibilidad en que se encuentra de aceptar de plano y en absoluto sus discretas indicaciones…” La razón no es otra que quien tenía que aprobar el dispendio era la Junta General y podía haber razones de índole económico que lo impidieran.

En mayo de 1917, el secretario de la Real Academia de Bellas Artes se dirigió al secretario del Colegio, el que luego fuera Decano Ossorio y Gallardo, intentando desactivar el callejón sin salida en que estaban las conversaciones sobre el monumento a Cortina y propuso que fuese primero la Junta General del Colegio la que decidiese someterse al criterio de la Real Academia y que luego ésta tendría en cuenta las discretas recomendaciones que pudiera hacer el Colegio. Esta pelea de gallos queda en una situación de impasse, cuando la Junta del Colegio decide lamentar “verse privada del asesoramiento técnico de la tan competente Corporación y acordó señalar día y hora para resolver por sí el Concurso”. Al mes siguiente se da cuenta de quien ha sido el ganador, el escultor valenciano Gabriel Borrás -autor por ejemplo del monumento a la batalla de Vitoria en la plaza de los Fueros de la capital alavesa- dotado con la suma de cinco mil pesetas. Se acuerda entonces abrir una suscripción entre colegiados y los diversos Colegios de Abogados de España para sufragar las setenta y cinco mil pesetas que se preveía para su construcción y que el resto sería pagado por el Colegio; pero coincide esto con un desfalco importante en el Colegio y finalmente no se lleva a cabo. Madrid se quedó sin el monumento a don Manuel Cortina.

De todo esto sólo nos queda el magnífico retrato de Madrazo, ubicado en el despacho del Decano, que es uno de los mejores cuadros del Colegio y un boceto de lo que iba a ser el monumento a Cortina que nunca llegó a puerto y que está en el Archivo del Colegio.

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