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“EL DUENDE DE LA COLEGIATA” (Adelardo Fernández-Arias)

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José Manuel PradasLa Huella de la toga (segunda temporada)

José Manuel Pradas

José Manuel Pradas

No hace mucho, un amigo abogado miembro de la prestigiosa Asociación Hispano-Alemana de Juristas a la que me honro pertenecer, me enseñó una fotografía en la que se veía a un colega germano de espaldas, luciendo en la parte de atrás de la toga un anuncio con propaganda, no sé si de su firma o de alguna empresa cliente, y tampoco si podía ser un montaje, porque mi conocimiento del idioma alemán -dicho sea de paso- no alcanza para mucho.

La verdad es que me causó cierta sorpresa porque, claro está, todo lo que se haga para allegar fondos e incrementar los beneficios dentro de un orden, me parece bien, aunque es verdad que hay maneras y maneras. Mi amigo me preguntó sobre si llegaríamos a ver eso en España. Yo, siempre biempensante y con la inocencia que me caracteriza, le contesté con un rotundo no.

Craso error. Porque yo desconozco si estas avanzadas técnicas de publicidad se terminarán imponiendo; pero sí es verdad que, mira por dónde, he descubierto que cien años atrás ya en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, alguien se había adelantado.

Haciendo estas crónicas, artículos o como queramos llamarlo, me he encontrado con sujetos, compañeros en la profesión, bien curiosos. Eso sí, pocos como Adelardo Fernández-Arias, nacido en Úbeda en 1880 y fallecido en Barcelona en el año 1951 y que fue colegial del ICAM allá por 1906, con el número 9278.

Adelardo Fernández-Arias

Adelardo Fernández-Arias

Era un personaje que destacó en muchos ámbitos, especialmente como periodista, pero también como escritor, viajero y director de cine. Fue el responsable en 1912 de una pequeña película llamada “Asesinato y entierro de don José Canalejas”, donde debutó para el cine, en el papel de asesino, un joven actor llamado José Isbert que con los años acabaría de alcalde en “Bienvenido Míster Marshall”. Nuestro personaje de hoy perteneció también a la carrera diplomática y fue corresponsal de diversos medios periodísticos, aprovechando ser destinado al extranjero para escribir, entre otros, “La India en llamas” y “El país que Gandhi despertó”, así como numerosas novelas de tipo popular y, por tanto, de no gran nivel, que firmaba con seudónimos ingleses. También fue fundador y propietario en 1913 de una revista de corte sensacionalista llamada “El Duende” y ya por si le faltaba algo, se vanagloriaba de otra habilidad suya que, no siendo profesión, la tenía bien a gala, pues se enorgullecía de haber salido ileso en más de veinticinco duelos a sable.

Fue también, todo hay que decirlo, autor de un libro -hoy casi imposible de encontrar- con un título que actualmente, y visto con perspectiva histórica, resulta más que equivocado, “Hitler, salvador de Alemania”. Escribió en él: “¡Españoles! Rezad todas las noches esta oración: ¡Dios mío!… ¡¡Salva a España!!…¡¡¡Concédenos un hombre como Hitler!!! Ni que decir tiene que tamaño panegírico del nacionalsocialismo llevaba emparejado también un sentimiento antijudío, del que Fernández-Arias se jactaba y que no era muy frecuente en el panorama político español de aquellos años. Luego, ya más tarde, vino eso de la conspiración judeomasónica, pero en mi opinión era más una cosa etérea que sonaba muy bien a los oídos como muletilla y justificación de todos los males patrios, que una de las preocupaciones del régimen franquista por sobrevivir.

Pero que traiga aquí a este personaje, hoy olvidado de todos y seguramente recordado únicamente por una minoría, es por un hecho, que me resultó bastante gracioso, de los tiempos en que ejerció la abogacía. Aprovechó la coyuntura, no para hacerse publicidad en la toga como el abogado alemán, sino para realizar una sutil propaganda en los membretes oficiales y escritos que dirigía al Tribunal Supremo y, así de paso, publicitar la revista de la que era propietario y factótum. Explico lo que sucedió.

Allá por julio de 1913, siendo decano el ilustre civilista Díaz Cobeña, se daba cuenta en Junta de Gobierno de una regulación de honorarios instada de parte del Letrado Don Adelardo Fernández y que derivaba de una causa penal por un delito de adulterio. Por motivos que no vienen al caso, la Junta se abstuvo de emitir su dictamen en aquel momento. Pero, mira tú por dónde, el decano se da cuenta que la minuta de honorarios está firmada por Adelardo Fernández Arias, “El Duende de la Colegiata”; y entonces, investigando, se enteran de que ese seudónimo está siendo utilizado también en los escritos y documentos profesionales. Teniendo en cuenta que esto “afecta al decoro profesional y al prestigio de la clase, en uso de su facultad…”  la Junta se ve obligada a intervenir y se acuerda incoar un expediente sancionador, del que se da traslado al interesado.

Pero no termina ahí la cosa, que se va complicando por momentos. Por motivos que no constan, quizá una filtración, llega a enterarse de todo esto nada menos que el Tribunal Supremo, y se ordena al Colegio la apertura inmediata de un expediente disciplinario contra el letrado, ya que el uso de del seudónimo “El Duende de la Colegiata” debe ser, a juicio del Tribunal, objeto de amonestación. El secretario de la Junta, el que luego fue decano Ossorio y Gallardo, leyó las manifestaciones que en su descargo hizo el Letrado Fernández-Arias y la Junta acordó imponer simplemente una amonestación, dejando constancia de ella en el expediente profesional del afectado, razonando con considerandos y resultandos que no se trataba de sancionar al señor Fernández-Arias por el uso de un seudónimo, “sino por el hecho de estamparlo detrás de su nombre propio y apellido en documentos oficiales a manera de remoquete”.

En noviembre de 1913 se celebró una Junta de Gobierno de extraordinaria importancia para la vida del Colegio, pues se empezó a poner fin al desfalco que había protagonizado el tesorero del colegio y se acordó convocar una Junta General Extraordinaria para dar cuenta de todo lo sucedido y actuado, que fue mucho, pero de todo eso habremos de dar cumplida cuenta más adelante. Ahora bien, para lo que ahora nos afecta, en la citada Junta de Gobierno hubo tiempo para incluir otro punto más en el orden del día que, seguro, al avezado lector no se le escapa. Efectivamente, se dio solución final al expediente del Letrado Fernández-Arias. Una serie de miembros de la Junta, a destacar el decano, Ossorio y el futuro presidente de la República, Alcalá-Zamora y algunos otros, deciden confirmar la amonestación. Contra ello, consta en acta el voto particular de un diputado, José Luis Castillejo Gutiérrez, quien se manifiesta partidario de dejar la sanción sin efecto.

Y aquí se termina esta historia, que sin duda significó un aspecto muy menor de la venturosa vida de nuestro protagonista, el letrado don Adelardo Fernández-Arias y López y de la que me gustaría extraer dos pequeñas y simpáticas conclusiones.

La primera, dichoso el trabajo que por aquellas fechas, antes de iniciarse la Gran Guerra, tenía la Junta de Gobierno de nuestro Colegio, que podía dedicarse a cuestiones que hoy no merecerían nada más allá de una sutil sonrisa o algún jocoso comentario.

La segunda, que cuando lea estas líneas mi colega alemán -ya me encargaré yo personalmente que esto suceda- se dé cuenta que, al menos en materia publicitaria, estábamos mucho más adelantados que ellos en el tiempo y, si se me apura, sin necesidad de manchar la toga con un letrero haciendo marketing de su despacho, que más parece el noble paño de la toga una especie de carrocería de taxi, que el uniforme de trabajo más digno que pueda existir.


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Artículo de Redacción publicado en https://www.lawyerpress.com/2026/02/03/el-duende-de-la-colegiata-adelardo-fernandez-arias/